En El triángulo de la tristeza (Ruben Ostlund, 2022) se dibujan, en tono socarrón, algunas de las representaciones sociales que ahora inquietan a sociólogos y filósofos de la postmodernidad: somos una sociedad sumergida en la información, pero también en el narcisismo, el consumo hedonista y las posturas que nos parecen correctas hasta que terminan los likes.
Un esbozo similar ya había sido presentado por este director sueco en El cuadrado (Ruben Ostlund, 2017), largometraje que satiriza la publicidad que rodea a una instalación artística, sin embargo, hay que admitir que esta nueva propuesta es más atrevida.
Hay que explicar que el título de este filme es una referencia al ceño fruncido y la marca que éste deja en la frente. Así, El triángulo de la tristeza es un tríptico —Carl y Yaya, El yate y La Isla— cada vez más escatológico e irreverente y, por lo tanto, sumamente divertido.
Carl (Harris Dickinson) es un top model y Yaya, su novia (Charlbi Dean), es exitosa influencer. En lujoso restaurante, discuten por la cuenta, por dinero y, es obvio, el poder. Los argumentos escuchados repiten los debates en redes sociales. En el siguiente episodio, la pareja aborda un fastuoso crucero donde departirán con millonarios y excéntricos pasajeros, como Dimitri (Zlatko Buric) y Theresa con su discapacidad en el habla (Iris Berben); la tripulación incluye al capitán ebrio (Woody Harrelson) y a la eutrapélica PR, Paula (Vicky Berlín).
La borrachera del capitán provoca que una cena de gala adquiera giros escatológicos que amenazan con salir de control; es así, como entre discusiones alcoholizadas sobre Marx, el capitalismo y el comunismo, acabamos en una isla —se trata del tercer acto— que será el escenario para una cómica referencia a la teleserie Perdidos, de célebre memoria.
Y en la isla El triángulo de la tristeza adquiere su dimensión más cáustica pues entre los sobrevivientes el poder se trastoca ya que Abigail (Dolly de León), que en el yate era sólo encargada de limpieza, es la única que sabe y puede pescar.
Y como ya lo ha demostrado Luis Buñuel, ricos y pobres comparten la misma mezquindad.
Las contradicciones del capitalismo, la desigualdad social y económica y el deseo por escalar en la escalera del privilegio anuncian nexos entre El triángulo de la tristeza y Parásitos (Bong Jon-Hoo, 2019). Ambas producciones reflejan el fracaso del neoliberalismo y el advenimiento de oscuros objetos del deseo: tecnología, poder y belleza.
Sin duda, elementos que forman el nuevo triángulo de la tristeza.
Qué leer antes o después de la función
El Señor de las Moscas, de William Goldwin. Publicado en 1954, esta historia parece un experimento sociológico: ¿qué pasaría si un grupo de niños náufragos tuvieran que sobrevivir en una isla desierta?
Sin que aparezca rescate alguno, los infantes se transforman según sus salvajes y primitivos temperamentos creando un carácter jerárquico de dominio y sumisión.
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