“Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7:16)
El inicio de la Feria del Libro de Hermosillo en el año 2000 por parte del Instituto Sonorense de Cultura (ISC), fue el resultado de una serie de esfuerzos realizados por décadas por parte de escritores, profesores, vendedores de libros, promotores de la lectura y bibliotecarios. En aquel año, por primera vez organizado a través del Gobierno de Sonora, hubo un espacio en la capital sonorense que de manera oficial tuvo el objetivo de difundir el quehacer literario de la región.
Desde entonces, su realización ha causado grandes expectativas porque desde su primera edición hasta el año 2012, el evento fue evolucionando hasta derivar en una feria del libro que competía con otras capitales del país del 2013 al 2019. En cada uno de esos años se veía a decenas de escuelas que visitaban la feria y el número de participantes, librerías y editoriales iba incrementando hasta el 2020 que se interrumpió por primera vez a causa de la pandemia.
Una feria del libro estimula el ecosistema editorial de la región, ya que se publican una serie de libros para ser lanzados dentro de su programa, las imprentas de la ciudad trabajan puntuales y las librerías locales aumentan sus ventas. La feria ha sido marco de múltiples premiaciones, ya que es el espacio propicio para visibilizar el esfuerzo de todo un año en materia de literatura. Gracias a este evento dos librerías de cadena nacional se atrevieron abrir sucursales en la ciudad: Porrúa y Gandhi.
Sin embargo, a pesar de tener estos antecedentes, la edición de este año dejó un mal sabor de boca, por lo que el esfuerzo de muchos escritores, editores y vendedores de libros, se vio golpeado como nunca. El resultado fue una feria que lució improvisada, limitada en su programación e indigna para una capital que ha gozado de más de veinte ediciones. Por tal motivo debemos analizar sus principales errores para que no sucedan de nuevo.
En primer lugar no hubo comunicación. El área de información no generó un solo boletín de prensa previo a la inauguración ni durante los diez días que duró el evento. No se difundió el perfil del escritor homenajeado y nunca se publicó el programa completo. El día de inicio circuló la programación de ciertos foros para ese primer fin de semana, los cuales fueron modificados conforme transcurrió la jornada.
Por segundo año consecutivo la Feria del Libro de Hermosillo se llamó Feria del Libro de Sonora, sin embargo se desconoce cuál fue la actividad realizada fuera de la capital. El cambio de nombre se llevó a cabo sin consultarlo con el gremio literario, sin estudios previos, sin identidad visual y sin vincularse con otros municipios. No se ha publicado ni una sola imagen del libro bus que se dijo estaría en diversos municipios del estado. ¿Por qué no regresar a la Felih?
Un punto que resaltó en esta edición fue la desorganización. Hubo presentaciones que se cancelaron porque los participantes fueron avisados de su participación un día antes, a pesar de haber sido aceptados en la convocatoria que el propio ISC lanzó en junio pasado. Al mismo tiempo que se llevó a cabo la feria, Sonora fue subsede de la Filij (Feria del Libro Infantil y Juvenil), sin embargo no existió ninguna vinculación a pesar de ser dos eventos literarios que tenían el mismo objetivo.
Otros puntos a considerar es que por tercer año consecutivo la feria cambió de sede, no se aprovechó el espacio de la Plaza Bicentenario, vinieron muy pocos escritores foráneos y ninguna carta fuerte como escritor o escritora principal. El Gobernador del Estado no visitó la feria, a pesar de tenerla a menos de cien metros de distancia y no existió vinculación con universidades, con ninguna secretaría ni empresas que patrocinaran el evento.
En las últimas tres ediciones hemos perdido lo que se había ganado en los últimos veinte años. ¿Qué feria del libro nos merecemos? Vale la pena hacernos esta pregunta y pensar a corto, mediano y largo plazo. Desde hoy se debe planear la próxima feria.
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