Todas las mañanas veo a don Quijote en el Mercado municipal. Se levanta de la banqueta, acomoda su cabello y empieza a preguntar por Dulcinea. Al escucharlo, su fiel amigo Sancho se despierta renegando, pidiéndole que no grite y que lo deje dormir. Pero don Quijote no hace caso y sigue hablando en voz alta. Mira que a su lado está Rocinante, un carro de supermercado destartalado que le sirve para cabalgar por Hermosillo cargando cartón y botes de cerveza.
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Cada noche ella recibe un mensaje por WhatsApp. Le escribe el chico que le gusta. Le dice que la extraña y que ya quiere regresar a clases para verla entrar al salón. Le dice que se aburre en estas vacaciones y que si no fuera porque está en otra ciudad, saldría a escondidas en la noche para ir a verla. No importa que solo la vea por la ventana. Le repite que la extraña. Podría huir con ella, pero sabe que es imposible. Sus familias se oponen a ese noviazgo.
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A Villa de Seris ha llegado un señor extraño. Se baja del camión y camina por sus calles como si le fueran familiares. Saluda a unas personas que ve en las esquinas, le devuelven el saludo pero nadie lo reconoce. Cuando llega a la casa en donde nació, recuerdo cuando su tío Melquiades lo llevó a conocer el hielo. En aquel entonces Villa de Seris era tan pequeño que para nombrar las cosas debía señalarlas con el dedo.
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En la playa de Kino Viejo vive un pescador de setenta años. Lleva un mes sin atrapar ningún pez, pero esa mañana despierta con la extraña sensación de la fortuna. Escucha por la radio los resultados de Los Naranjeros, alista sus instrumentos de trabajo y se dirige a su delgada lancha. Sabe que ese día tiene que pescar ese enorme animal del que todos han hablado en las últimas semanas. No le importa que lo arrastre hasta otra playa. Ese pez es suyo.
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En la última habitación de una pensión ubicada en la colonia San Benito en Hermosillo, descansa un joven que se oculta de su familia. No quiere salir. Siente que su cuerpo cambió, que todos se asustarán si lo ven y no sabe cómo actuar ante todo eso. Se siente un insecto. Algo indigno de la sociedad, así que se esconde en esas cuatro paredes mientras pasa la noche viendo las redes sociales.
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Saliendo de Hermosillo, al lado de la carretera, camina un joven. Después de una hora de andar por la solitaria vía encuentra a un anciano que carga unos pequeños troncos de madera en su espalda. Le pregunta a cuánto está La Colorada. El viejo le responde que ya casi llega. A quién buscas, le pregunta. Vine a buscar a mi padre, le responde el joven. Le prometí a mi madre en su lecho de muerte que vendría a buscarlo.
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En cualquier lugar podemos encontrar personas que se asemejan mucho a los personajes literarios de nuestros libros favoritos. Así como podemos detectar en las historias de los otros las tramas que hemos leído, todos encajamos a la perfección con algún personaje que alguien ha escrito al otro lado del mundo. Somos protagonistas de las historias de los demás.
Nuestra vida es la novela que alguien no se atreve a escribir. Cada día que vivimos es un cuento de alguien que no sabe cómo empezar la historia. Cada sentimiento es un verso que está en la punta de la lengua del otro. Cada diálogo forma parte de una obra de teatro que está por escribirse. Cada discusión es el argumento de un ensayo que está en la mente de alguien.
Las emociones, sensaciones y deseos son universales. Por eso nos identificamos con la historia de una novela o con el verso de un poema. Alguien más sintió lo mismo que nosotros y supo cómo decirlo. La literatura es inagotable porque describe nuestros impulsos de distintas maneras, en diferentes épocas y con otras miradas. Somos una literatura irrelevante y ajena para nosotros mismos, pero llena de sentido para los demás.
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