La decisión tomada en 1945, para lanzar en Hiroshima y Nagasaki, las dos bombas atómicas, ahora está cobrándole la cuenta a toda la humanidad, pues el uranio, y plutonio, liberados en esas explosiones fueron dispersos en la atmósfera y como tardan de 250 mil a 1.5 millones de años en perder su toxicidad, se concentraron en organismos siguiendo las cadenas de alimentación humana, y ahora son la causa del aumento de carcinomas, anemias, leucemia y otras enfermedades graves de la sangre; y las mutaciones inducidas por la radiación ya se notan.
Estas enfermedades no respetan edades ni géneros. Todos estamos expuestos a ellas. Y van a tener que pasar cientos de miles de años antes de que su radiactividad termine.
Esta herencia que se conoce como “La bomba silenciosa” es la que les hemos heredamos a nuestros hijos, nietos, bisnietos y muchas generaciones venideras.
Las mutaciones, las enfermedades silenciosas que penetran como la humedad en nuestros cuerpos ya son cosas de todos los días y a las cuales, desgraciadamente, tendremos que acostumbrarnos.
Según los expertos, a la naturaleza cambiante, la especie humana se va adaptando poco a poco para seguir adelante y enfrentarse a los residuos radiactivos ya dispersos.
Por eso hay que evitar que nadie, en ningún lugar del mundo y bajo ningún pretexto, nos vuelva a inundar de más “bombas silenciosas”.
Hay que apoyar firmemente el “Tratado de No Proliferación Nuclear” no permitamos que esa herencia maldita siga creciendo.
Es “la bomba silenciosa”
una muestra de indecencia,
una herencia desastrosa
¡Para nuestra descendencia!
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