El dilema del tiempo para el ser humano es complejo. Lo reclamamos, pero cuando lo tenemos no sabemos qué hacer con él. Lo que notamos es que pasa con rapidez porque hay pasado, existe porque hay presente e impacta porque hay futuro. Nuestra relación con él puede ser de dos formas: positiva o problemática. La perspectiva optimista nos hace ser agradecidos, la negativa fomenta el temor al recordarnos que la única realidad asegurada es la muerte. De nuestra visión sobre él depende el actuar. Al observar su fugacidad proyectamos las posibilidades del ser. Por ello, querido lector, en este texto, quiero enlistar algunas actitudes existenciales que se presentan en la vida ordinaria según la concepción de tiempo que tenga una persona.
La primera es la perspectiva de la instantaneidad, ella se refleja en quienes divisan que todo va de prisa y es necesario responder con rapidez a lo que les ofrece el mundo para no quedarse rezagados. Conciben que reaccionar a los estímulos externos es la única forma de aprovechar el tiempo. Amenazados por la cultura del descarte y de la inmediatez, se rinden al exceso de información y de notificaciones intentando mantener el ritmo de la impulsividad que impera en el exterior. Siembran el vicio de la impaciencia que gobierna a la mayoría para identificarse con el mundo que les rodea. El vivir de esta manera trae como consecuencia una inquietud en el alma que reclama paz de tal manera que degenera en acedia. Uno se cansa tanto que las situaciones lo sobrepasan hasta que decide repudiar su propio entorno y renunciar a todo bien que se le presente arduo y difícil. A este fenómeno, en la actualidad, se le conoce como el síndrome de burn out.
Otra visión peligrosa, pero atractiva sobre el pasar de las horas, los días, los meses y los años se expresa con el carpen díem. Disfrutar de todo momento parece un gran consejo, puede que lo sea si no existiera el futuro que nos recuerda que las cosas terminan. Las decisiones nunca son neutras, la vida —como dicen por ahí— te cobra factura. El ser humano tiene responsabilidad en su actuar, no puede desentenderse de su pasado ni puede moldear el porvenir a su manera. Lo que haga o deje de hacer influye a su naturaleza y a la comunidad a la que pertenece. La libertad está limitada por el ser, es reticular y compartida. No somos seres aislados o abandonados que podemos hacernos a nosotros mismos sin límites. El bien que dejemos de hacer y el mal que hagamos causan problemas o colaboran a la construcción de una mejor sociedad. Aquél que piense que puede eternizar su juventud para extender su vida placentera está viviendo en el engaño. La ilusión de una libertad sin yugos encaminada al gozo del momento es capaz de destruir la realidad pasada, presente y futura, y ,en consecuencia, puede desencadenar en una existencia fantasiosa, frustrada e insignificante para quien nunca asumió las consecuencias de sus actos. Kierkegaard advertía de este fenómeno al expresar: “¿Qué es la juventud? Un sueño”.
El tiempo como recurso para alcanzar metas materiales es otra grandiosa forma para desperdiciar la vida. La sociedad del rendimiento ha expandido la peligrosa idea de que el tiempo es oro. Gente se aferra a la obtención de recursos económicos y desemboca todas sus capacidades en obtener más de lo necesario para intentar calmar su ansia de lo infinito o para huir de una verdad: la muerte. El reclamo de reconocimiento, el dinero, la fama y el poder se subordinan al pasar de la vida, se convierten en obsesiones y, cuando uno menos se da cuenta, ha renunciado a otros ideales por los cuales vale más la pena vivir.
El último paradigma del tiempo es el de una realidad existente que influye desde nuestro pasado, predomina en el presente y nos encamina a nuestro futuro (que es límitado), esta noción nos ayuda a vivir con una proyección correcta del que sabe de dónde viene, entiende quién es y busca hacia dónde dirigirse. Es importante aprovechar el tiempo definiendo lo qué queremos ser. Es una visión trascendente. Buscar que nuestra finita existencia trascienda con lo que verdaderamente importa nos ayuda a dedicar nuestros esfuerzos en aquello que nos perfecciona. El tiempo visto en su justa medida nos libera porque nos hace saltar de un vacío existencial y encontrar cuál es el verdadero sentido de nuestra vida. ¿Para qué vale la pena vivir y cuánto tiempo le dedico a ese ideal? deberían ser preguntas reflexionadas con constancia.
Ahora que vienen los propósitos y la nostalgia de año nuevo, cuestionemos nuestra relación con el paso del tiempo. ¿Qué tipo de vida llevo? Hay pocas certezas en la vida y limitadas opciones para alcanzar la plenitud. Además, el tiempo que tenemos es breve para pasar de la indiferencia y superar la masificación del mundo porque la muerte nos acecha. Lo que hará que valga la pena nuestro paso por este camino serán los ideales a los que nos entreguemos y aferremos. La vida auténtica y aventurera la lograrán aquellos que decidan un para qué noble de su existir, Nietzsche lo dijo: “aquél que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”. Contamos con muchos ejemplos de personajes extraordinarios que entregaron su existencia por valores supremos, un ejemplo es el del austriaco Franz Jägerstätter, te recomiendo en esta festividad la película de Terrence Malick, Hidden Life, en ella se cuenta su acto heroico, el hombre que se opuso a jurarle lealtad a Hitler por una sencilla razón, no era capaz de ver el mal y quedarse, como los demás, sin denunciarlo. Su decisión y determinación por aferrarse al bien le costaron la vida misma, pero como expresa en sus cartas, nada vale más la pena que hacerle frente al mal, “¿por qué, si yo no lo confronto, entonces quién lo hará?”.
¿A qué le dedicarás tu tiempo?, estimado lector, ¡te deseo un feliz Año Nuevo!
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