La libertad es contradictoria. En su nombre se realizan las peores atrocidades y los actos más honorables. Es víctima y agresora. Un concepto abstracto polivalente. La definición que se tiene de ella es tan variada como la diversidad de personas que existen en el universo. En nuestro sistema plural, la libertad es el todo y la nada. Salva y condena. Lo único que todos compartimos sobre ella es que es un valor supremo que anhela el hombre. Confundimos la libertad con felicidad. Nuestros gobiernos liberales están fundados en una idea madre: lograr que cada ciudadano haga lo que quiera en todo momento sin afectar a otros. La finalidad de los estados es que cada individuo sea autónomo. Libertad y liberación se plantean como sinónimos. Pocos se han dado cuenta, como predica Bob Dylan en Murder Most Foul, que sólo los hombres muertos son libres.
“¡Emancipémonos de todo!”, grita la muchedumbre, “¡liberémonos de las normas impuestas por estructuras sociales injustas!”. El espíritu rebelde juvenil es natural a nuestros movimientos sociales actuales en el que cada ciudadano busca liberarse de todo para crear su mundo paradisíaco. La humanidad ha perseguido un estado de felicidad pleno terrenal desde sus inicios. El problema es que en el siglo XVIII se pensó que ese estado de felicidad se consigue a través de una emancipación; por eso la prioridad de la mayoría de los gobiernos liberales es permitir que cada uno sea independiente y controle todas sus decisiones. Pero ¿qué pasa cuando dos personas, en búsqueda de la libertad, se confrontan?
La sociedad política actual prioriza al individuo sobre el bien común, parte de una premisa: cada uno debe perseguir su bien, nunca se interpondrán dos bienes individuales. Esa premisa ha sido refutada por la realidad en distintas ocasiones generando contradicciones: libertad de expresión, buena fama; proaborto, provida; cosmopolita, nacionalista; migración, antimigrantes; entre otros. La alta tensión que se vive en países es fruto de una idea de liberación total individual.
Los bienes individuales se interponen porque son subjetivos, cada persona puede desear una infinidad de cosas distintas, por esa razón algunos deseos se confrontan. La polarización está presente en la mayoría de los países liberales. Lo más grave es que la libertad individual es considerada el único valor supremo, válido y legislador que puede existir en la organización política.
Malentender la libertad es más peligroso de lo que usted, querido lector, puede creer. Le ilustraré con un ejemplo: el debate sobre el aborto. Las abortistas plantean la necesidad de convertir al aborto en un derecho universal y accesible para todas las mujeres que quieran realizarlo, los opositores a esta propuesta conciben que el aborto es inhumano porque consiste en asesinar. Las abortistas se han visto obligadas a definir al bebé como un feto y tratar de instaurar una definición de ser humano para contrarrestar los argumentos contrarios. La comunidad académica que promueve el aborto no ha podido ponerse de acuerdo en las condiciones que debe reunir un bebé para ser considerado persona, algunos afirman que antes de los 3 meses no es un ser humano, otros difunden que lo es hasta el sexto mes y otros cuantos aseguran que no lo es antes del parto. En el fondo, no tienen la suficiente evidencia para sostener que un feto no es una vida humana. Aun así defienden la necesidad del aborto como un derecho. ¿Por qué buscar a toda costa legalizar y promover el aborto sin tener la certeza de que el feto no es realmente un bebé? La respuesta es la emancipación. El aborto se ve como una cuestión de liberación; la mujer puede lograr la autodeterminación tan ansiada si consigue decidir sobre su cuerpo en todo momento, lo único que le impide esa liberación es un embarazo. Bajo esta visión de libertad, todo se puede justificar en nombre de la emancipación individual, hasta un asesinato.
La libertad es peligrosa. Su concepción es subjetiva, pero al mismo tiempo es de lo más objetivo porque es natural a toda persona. Nuestra racionalidad lo demuestra. Un animal no puede ser libre. La libertad es fundamental, pero no es lo único esencial para la humanidad. El problema radica en que se plantea como un valor superior a todos, la realidad es que existen otros igualmente importantes como la sociabilidad. Anteponer la libertad a toda nuestra organización social nos condena al egoísmo y termina por generar anomia. La anomia es contranatural a la sociedad, es la oposición al carácter relacional que tienen las personas. La polarización es consecuencia de anomia social. Olvidar el sentido relacional del individuo nos lleva al extremo de deshumanizar a las personas —se pierde la sensibilidad comunitaria para valorar a los demás—. El Estado moderno liberal me invita a preocuparme sólo por la subjetividad; creemos que ahí está la felicidad, pero la realidad es que ahí sólo se encuentran satisfacción y placer momentáneos.
La crueldad de la emancipación moderna es que sólo busca que la pasemos bien en la tierra. La verdadera causa que motiva a muchos movimientos sociales no es noble, es egoísta. Carpe diem, vive y deja vivir. En nombre de la libertad se cometen delitos pavorosos. Se promueve una liberación disfrazada de otra realidad más siniestra: eternizar la tierra, ser como dioses. El poeta Dylan lo advierte y concluye: sólo los hombres muertos son libres. Sin una visión trascendental de la persona humana y de sus valores, aplastaremos a los demás hasta el extremo de justificar asesinatos sin ninguna responsabilidad porque creemos que nuestra libertad terrenal y limitada es ser Dios. “¡Emancipémonos para comer y beber que de todos modos mañana moriremos!”, exclamamos como la antigüedad pagana.
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