Leído así, esto no es una sugerencia, es una orden incontrovertible sobre la cual no queda más que obedecer.
Ignoro si en esa pista se encontraba, Susy, Thelma, Jéssica o la Morenita de Topolobampo, con más talento y sensualidad que aquella pero se apuntó hacia Juana y todos y todas, se cuadraron sin chistar.
Pareciera que alguien , unipersonalmente, a quien se le tiene una idolatría fanática, hubiese recorrido una cortina y con la pericia de un hipnotizador , convencido este de que los destinatarios ya se les cerraban los ojos, les hubiera decretado su decisión de a quien admirar, que cualidades verle , las tuviera o no, y qué hacer cuando la tuvieran enfrente, escucharan su nombre o los convocaran para estar presentes a un ladito de la pista de baile en donde ella, sin competencia alguna, se mostrará como lo más destacado y sobresaliendo con respecto a las que pueden competirle pero ahora no están.
Háganle una rueda a Juana
Porque ya empezó a bailar
Esa morena cubana
Nos va a hacer hasta sudar.
Baila este ritmo con la pura sabrosura
Muévete, negra, que esto sí es candela pura
Porque bailando tú eres reina donde quiera
Por esa gracia con que mueves tus caderas
Si se dan cuenta, la voz narrativa en la canción tiene la capacidad de ordenar, para o hacia un lado y hacia otro. Les pide, a dos o más, a un tumulto, a una muchedumbre, a un conglomerado social que le hagan una rueda a Juana porque ya empezó a bailar, sin pedírselo por favor y sin darles oportunidad de que lo hagan en otra ocasión ya que esa rueda, es decir el apoyo, la animación, la reverencia, debe de ser en ese instante, pues la susodicha ya puso en práctica su numerito y se le tiene que apoyar.
Sí o sí.
A su vez, el director de orquesta, con vocación castrense, cual emulador jefe de las Fuerzas Armadas, también se encarga de dictarle las pautas a Juana, imperativamente, sin posibilidad de que pueda realizar otra cosa, no sin hacerle creer que es la más sobresaliente, lo máximo, con tal que piense que recibió la bendición del experto, para ser la reina, luego de mover sus caderas con esa gracia.
Supondré que todos vieron ese papel que le tocó desempeñar a Juana y en razón de eso cito:
“Aquel que es servil, en definitiva, no cuestiona las órdenes de sus superiores ni pone reparos a las instrucciones de quien ostenta”.
Obvio, yo no dije esto y puede que al corrector le dio por agarrar monte, pero creo que tiene razón, mucha razón.
La cita habla de la persona servil y ofrece sus características. En el mejor sentido de la palabra, no hay que confundirla con la obediencia, en términos genéricos, la cual por sí misma, no es cuestionable. Incluso se dice «hace falta saber obedecer para saber mandar». Se asegura también que la obediencia es la más recomendable virtud para cuando no se puede mandar.
Según alguien por ahí, sentencia que “la palabra es libre; la acción muda; y la obediencia ciega”.
Pero tenemos a otros autores, como Patrick Rothfus, que son más radicales y lapidarios: “Hay pocas cosas más repugnantes que la obediencia ciega”.
El escritor estadounidense y profesor adjunto de literatura y filología inglesa de la Universidad de Wisconsin. Se refiere a esa obediencia irreflexiva, incondicional, la mayor parte de las veces con una gran carga de desinformación, pero eso sí: con una gran lealtad para el que ordena o afirma algo y después instruye a otro.
Vaya las comparaciones, pero es casi como la reacción de aquel compadre que soltó la carcajada y los presentes le preguntaron por qué se reía y con harta franqueza reconoció que no sabía, pero como se rió también su compadre que tenía al lado, al cual le guardaba mucha fe, entonces él también lo hizo.
Si con este pasaje no quedó explicado, me auxiliaré de un diccionario muy recomendable y cito:
“La obediencia ciega es aquella que se presta sin examinar las razones del que manda. La expresión ‘obediencia ciega’ se refiere a la actitud de obedecer sin cuestionar o sin poner en duda las órdenes o instrucciones recibidas, sin importar si son razonables o no. Implica seguir las directrices de alguien sin hacer preguntas ni buscar explicaciones.
Esta expresión se utiliza comúnmente para describir situaciones en las que se espera que las personas sigan las órdenes de manera incondicional, sin importar las consecuencias o los posibles riesgos. Puede estar relacionada con la sumisión absoluta a una autoridad o a un líder, sin tener en cuenta la propia opinión o el propio juicio. Ejemplos de uso: “Juan mostró obediencia ciega hacia su jefe al acatar todas sus órdenes sin cuestionarlas”. Es importante tener en cuenta que la obediencia ciega puede ser peligrosa, ya que puede llevar a acciones irresponsables o perjudiciales si las órdenes recibidas son incorrectas o inmorales.
“La obediencia ciega hacia un líder religioso puede llevar a manipulación y abuso de poder”.
Eso dice la página y por su culpa ya me empiezo a preocupar.
Porque si bien es válido que se obedezca por razones de jerarquía familiar o de trabajo: o que se obedezca una señal de tránsito, una disposición legal, o las advertencias de riesgos que aparecen en un producto, lo que no creo que sea merecedor de un aplauso es la obediencia, así como la describe ese espacio electrónico.
Actuar de esa manera, no es ninguna muestra de amor, respeto, simpatía, congruencia, disciplina, organización, unión . Es, a todas luces, un comportamiento fanático en donde solo uno manda y el resto obedece. Sí, a ciegas.
Es como pertenecer a una secta religiosa que vivir en comunidad cerrada o en total dependencia del grupo. En donde se suprimen las libertades individuales y el derecho a la intimidad. Se controlar la información que llega hasta sus adeptos, manipulándolas a su conveniencia.
Tan sometidos pueden estar que no se percatan que su admiración, respeto o disciplina ya escaló hasta convertirse en una idolatría y en esa obediencia ciega de la que ya hablamos.
Ya sometidos a esa dependencia, es poco lo que podemos hacer por ellos y mucho lo que pueden hacer con ellos. Es como si Bin Laden le hablara al oído a un miembro de Al Qaeda; es como un hincha argentino subido en las alambradas de un estadio a punto de inmolarse o un chofer de Uber con un GPS en sus manos.
Después de eso, nuestro yo deja de existir. Hagan de cuenta que es como la práctica de volar aviones o aeromodelismo: ya no se tiene autonomía, alguien es el que maneja, exclusivamente, el avión desde tierra con el control remoto y el avión obedece.
En ocasiones puede ser tanta esa hiperobediencia que se les impone un tono de voz, un tipo de ropa, una lista de canciones, un menú determinado y ante todo y para todos y todas, una misma cadencia, un mismo ritmo, un mismo compás y un mismo son. Conseguido ese estadío, lo demás es fácil:
El ritmo que se siente sabroso como jugo de manzana
(Bailen como Juana la cubana)
Un paso pa delante y un paso para atrás, pero con ganas
Para seguir el ritmo se tienen que mover igual que Juana
(Bailen como Juana la cubana)
Viendo bailar a Juana me quedo hasta las seis de la mañana
(Bailen como Juana la cubana)
Por una parte, se le ordena a Juana y está congraciándose obedece. El resto, sí o si, bailara igual que Juana.
Porque ya se les dijo y les ha quedado más que claro: para seguir el ritmo, se tienen que mover igual que Juana.
Aviso de ocasión.
Se me pasaba decirles que el próximo 7 de marzo de 2024, a las 18:30 horas, en la sala de la Plaza Bicentenario de Hermosillo, se presentará el libro Retratos de lo simple. Los presentadores serán Arturo Soto Munguía y Josué Gutiérrez. El autor es un tal Miguel Ángel Avilés. ¡No falte!
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