“María y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor”.
Génesis 15,1-6; 21,1-3
Hebreos 11,8.11-12.17-19
Lucas 2,22-40
El domingo siguiente a la Navidad la Iglesia celebra, ordinariamente, la fiesta de la Sagrada Familia; familia integrada por Jesús, José y María. El sentido de esta fiesta nos lo da, con toda claridad, la oración colecta de la Misa: “Señor Dios, que te dignaste dejarnos el más perfecto ejemplo en la Sagrada Familia de tu Hijo, concédenos benignamente que, imitando sus virtudes domésticas y los lazos de caridad que la unió, podamos gozar de la eterna recompensa en la alegría de tu casa”.
Los textos bíblicos de esta fiesta nos exhortan a practicar una serie de virtudes que, sin duda, nos ayudarán a hacer de nuestras familias: iglesias domésticas donde se viva la fe, la esperanza y la caridad; y donde, además, se crezca en los valores humanos, cristianos y misioneros.
La primera y la segunda lectura nos hablan de una familia que vivió muchos años antes del nacimiento de Jesucristo. Esta familia estaba formada por Abraham, Sara, y su hijo Isaac. Se destacan en esta familia varias cualidades: la fe, la escucha de la palabra de Dios, la oración y la obediencia: “Abram creyó lo que el Señor le decía y, por esa fe, el Señor lo tuvo por justo”.
Dios quiera que en nuestras familias brillen estas virtudes. ¡Cuánta falta nos hace la fe para creerle a Dios, para confiar plenamente en él! ¡Cuánta falta nos hace leer y meditar la palabra de Dios en el hogar y dejar que esta Palabra ilumine nuestra vida! ¡Cuánta falta nos hace convertir nuestras familias en verdaderas escuelas de oración! ¡Cuánta falta nos hace aprender a obedecer con humildad y sencillez!
El evangelio nos narra el bello pasaje de la presentación del niño Jesús en el templo. Aquí tenemos grandes enseñanzas para nuestras familias; en efecto, todos los personajes que aparecen en la escena, no sólo José, María y el niño Jesús, sino también los ancianos Simeón y Ana, todos ellos, nos dan ejemplo de ser hombres y mujeres de profunda espiritualidad, manifestada en su fe y religiosidad, en su amor a Dios y observancia de la ley, en su oración y vida ascética: “Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley…”.
El evangelio termina hablando del niño Jesús en su hogar de Nazaret: “El niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él”. Aquí tenemos, sin duda, el desarrollo tanto humano como espiritual de Jesús. Ambos aspectos son importantes en la formación que los padres deben ofrecer a sus hijos. No basta la formación humana, hoy más que nunca la formación espiritual es indispensable e insustituible.
Pidamos al Señor, de todo corazón, en la eucaristía de esta festividad, que nos conceda practicar las virtudes domésticas de la Sagrada Familia y que valoremos, además, la importancia de la formación humana y cristiana que se debe impartir en nuestros hogares. Así sea.
¡Que tengan un excelente domingo!
Monseñor Ruy Rendón Leal. Arzobispo de Hermosillo.
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