Sin duda hay personas que nos marcan en nuestra vida, en muchas ocasiones esas personas son las y los maestros, quienes estuvieron presenten en etapas formativas de nuestras vidas, tenemos entonces momentos importantes que determinarán lo que seremos en el futuro, en las manos de esas personas que están al frente de un salón de clases.
Sería mentira decir que a todos los recordamos con gusto y admiración, de los muchos maestros y maestras que pasaron por nuestra vida recordamos con aprecio, agradecimiento a sólo algunos, a muchos otros, a muchas otras ni siquiera los recordamos. Pero basta ese puñado de unos cuantos para enaltecer lo que ahora somos y agradecer incluso a todos.
Como olvidar a la maestra Lupita, en preescolar, a la maestra Tete en primaria, en secundaria el respeto, la admiración en mi caso se dirigió más que a un maestro en particular al director de la misma, que fue el maestro Cortázar, es divertido señalar que en preparatoria el maestro que por decirlo de alguna forma nos acompaña a un grupo de amigos con gran fuerza en esa etapa no fue tanto en lo académico, fue más bien un una especie de amistad extraña, por la diferencia de edades pero muy divertida, con Ricardo tuvimos a un amigo, más que a un maestro.
En la Universidad afortunadamente encontré grandes y muy buenos maestros, de esos que fueron determinantes en mi formación, Juan Federico Arriola y Gerardo Laveaga los más importantes.
Pero no puedo dejar pasar este día y este texto sin felicitar a mi familia, que se ha dedicado a la educación por muchos años, inspirados en el ejemplo y figura de mi padre, el maestro Salvador Ávila, quien fue grande como maestro de Filosofía y Literatura, fuente de inspiración de generaciones y de su propia familia quien por la vía del Instituto Paideia sigue sus pasos (incluyendo ahora a sus nietos), en la formación integral de los niños y jóvenes mexicanos.
Felicidades a mis hermanos, sobrinos, también a mi madre, por esa labor.
Felicidades a quien fuera de las aulas, ya en la vida es todavía un gran maestro el doctor Sixto Moya. No puedo dejar de agradecer en Sonora a quien me tomó como su alumno sin yo pedírselo y se convirtió en mi mentor, ingeniero Abelardo Rodríguez.
Gracias pues a todos por todo y por tanto, a los que están y a los que como mi padre ya han partido a una cátedra celestial.
Felicidades maestras y maestros.
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