HERMOSILLO, Sonora.- “Yo el tabaco lo probé porque andábamos mi hermano y unos amigos de la colonia en la calle, y cuando nos encontrábamos bachas de cigarro las prendíamos y las probábamos por curiosidad.
“El alcohol fue una vez que le insistimos a mi padrastro en una fiesta de Navidad o Año Nuevo, no recuerdo bien, y entre mi hermano y yo agarramos un bote y nos lo tomamos, y así inició esa adicción”, recuerda Rafael, quien hace dos años y medio no ha vuelto a drogarse.
En ese tiempo, Rafael, quien pidió omitir su verdadero nombre para cuidar su identidad, vivía en Veracruz junto a su madre y su padrastro, pero a los 13 años de edad se devolvió a Hermosillo con su verdadero padre.
Todos esos cambios a tan corta edad lo abrumaban demasiado, añade, y hacía que para él fuera más fácil refugiarse en las sustancias ilícitas.
Yo a los 9 años me fui a vivir en Veracruz tres años, porque cuando nuestros papás se divorciaron ellos quedaron en que íbamos a pasar tres años con mi mamá, y tres con mi papá en Hermosillo, hasta que cumpliéramos la mayoría de edad.
“Entonces cuando regresé, a los 13 años, ya fumaba y tomaba de forma habitual; recuerdo que mi hermano y yo le dijimos en el aeropuerto a mi papá, antes de venirnos, ‘papá, nosotros fumamos, y quieras o no lo vamos a hacer’, y creo que nos aprovechamos de su flexibilidad, porque no había convivido con nosotros, para que accediera a eso”, reflexiona.
Lo que ni él ni su familia sabían es que ese era el inicio de una vida de adicciones que llegaría hasta la adultez, que lo puso en riesgo muchas veces.
“En segundo de secundaria me corrieron de la escuela por andar fumando cigarro en un convivio”, relata, “pero antes de eso, en el transcurso de las vacaciones, de primero a segundo, yo me empecé a juntar con un primo que nos llevaba como cinco años, y él ya fumaba mariguana y tomaba alprazolam”.
“Ahí mi hermano empezó a fumar mariguana y yo empecé con las pastillas, después me fui a la mariguana, luego la salvia, y entre los 13 y 14 años probé sustancias como LSD, tachas y cocaína”, dice.
Pasó poco tiempo para que Rafael decidiera salirse de la casa de su papá e irse a vivir con sus abuelos, después con amigos o parejas, en busca de espacios para consumir sin que lo limitaran.
Y aunque él pensaba que era un “adicto funcional”, porque podía trabajar, cuando probó el “crystal” fue la primera vez que sintió que “tocó fondo”, y se dio cuenta de que necesitaba rehabilitarse.
“En el transcurso de los 14 a los 18 años mi consumo frecuente era mariguana, tachas, pastillas, cocaína y LSD, era lo que yo consumía, y era un consumidor que se pensaba funcional, porque trabajaba, pero para salir a puras fiestas y comprar drogas.
Un día estaba con un ‘compa’ fumando mariguana y de la nada él sacó una pipa de ‘crystal’ y empieza a fumar, yo le digo ‘¿qué es eso?’, y me responde que es como la cocaína, pero más fuerte, entonces le pedí fumar, y fue otro rollo”, manifiesta.
En cuestión de semanas, esta nueva droga llevó a Rafael a un punto casi sin retorno, donde llegó incluso a vivir en un “tiradero”.
El joven, en ese entonces con menos de 20 años, ya había bajado casi 30 kilos, no frecuentaba a su familia y empezó a vender el producto para consumirlo.
“Ya tenía problemas en mi casa por el consumo, mi familia no me quería porque yo me iba en la madrugada, y me aclimaté al ambiente del ‘tiradero’, de hecho yo viví dos años en el ‘tiradero’, de los 19 a los 21.
Viví en un ‘tiradero’, que es una casa en su peor estructura, donde vives rodeado de ratas, ratones, más de 500, y ves muchas cosas ahí. Golpeaban gente, llevaban cosas robadas, es algo que no te imaginas si no lo has vivido”, recordó.
“Hasta el punto que cuando meten al dueño de la casa al bote, como yo era el pistolero del bato, me agarran a mí para que yo sea el responsable ahora, y llegó el punto donde yo estaba vendiendo, ahí fue donde ya no podía conmigo, y le dije a mi mamá y mi papá que necesitaba ayuda”, recuerda.
NO ES FÁCIL
Fueron tres procesos de internamiento y dos recaídas las que pasó Rafael antes de darse cuenta de que no quería ser más un adicto.
Cuando me interne la primera vez yo iba con la mentalidad de, primero que nada, calmar broncas allá afuera, deudas y reponerme físicamente, pero en mi mente yo seguía pensando salir y consumir, solo me quería internar a engordar la vena, que es como le decimos a estar en un anexo o una clínica”, recordó.
Hace dos años y medio fue la última vez que se drogó con fentanilo, y afirma que con esa droga fue la primera vez que se sintió en riesgo de perder la vida por lo adictiva y lo fuerte que es.
Actualmente, ya con más de dos años sin consumir drogas, se enfoca en estar en tratamiento constante, en su familia, y en su nueva vida, porque sabe que abandonar sus terapias, sus medicamentos o su rehabilitación, podría hacerlo caer de nuevo.
“No siento que sea fácil volver a caer, pero si me descuido es seguro que lo haré, fue lo que pasó en procesos pasados, que me la creía, pensaba que estaba listo, dejaba el medicamento, luego mi terapia, y volvía a caer.
A mí me ha gustado mucho este nuevo estilo de vida, porque muchas de las cosas que había perdido ya regresaron, tengo convivencia con mi hijo, con mi nueva pareja, con mi otro hijo y no quiero perder eso”, asegura.
CADA VEZ MÁS JÓVENES

“Las edades de ingreso han bajado, nosotros tenemos cuatro años operando, y empezamos a recibir a personas en un rango de edad de 35 a 56 años el primer año; a partir del segundo se bajó de 30 a 45, pero ahorita nosotros ya la edad promedio es de 22 a 35 años”, indicó Efraín Galván Cázares, director de Punto de Cambio, un centro de tratamiento de adicciones.
“Esto quiere decir que el inicio de la adicción es mucho menor a eso, porque la última etapa de una rehabilitación es el ingreso, voluntario o involuntario, es cuando los papás, familiares, la esposa o pareja ya intentó todo lo demás, y no funcionó nada”, expresa.
POCOS LO LOGRAN
Y aunque la historia de Rafael pudiera resultar triste para algunos, en realidad él forma parte de un pequeño grupo que logra rehabilitarse.
Yolanda Ramírez Álvarez, sicóloga clínica y experta en adicciones, desde hace 6 años, comenta que el número de personas que logran vencer esta enfermedad es muy bajo.
Aunque a nivel nacional, las estadísticas hablan de un 10%, en los Centros de Rehabilitación esa cifra es mucho menor, afirma, pues la mayoría de los adictos no llegan ni siquiera al año libre de sustancias.
“La estadística de recuperación está en menos del 10% de la población que consume, según la Comisión Nacional para el Consumo de Drogas, pero en realidad, si nos vamos a estadísticas de lo que se ve en los Centros de Rehabilitación pudiéramos decir que es menos del 1% de la población que realmente se rehabilita y que puede permanecer más de un año limpio.
Existen factores que nos pueden predisponer o poner en riesgo para el consumo, pero no solo dependen de la personalidad, sino de muchísimas áreas de la vida y el desarrollo, como la personalidad, ambiente familiar, los amigos, ambiente social, cultural y económico”.
Personas con baja tolerancia a la frustración, personas que siempre quieren vivir riesgos, personas con poco manejo emocional, son las que generalmente pueden tener una conducta adictiva”.
“Lo principal es entender que la adicción es una enfermedad, y, por lo tanto, se tiene que tratar como tal, con un tratamiento farmacológico avalado por un médico siquiatra, con terapia para reaprender las habilidades socio emocionales, y también con grupos de apoyo, que le permitan fortalecer lo aprendido y sustentarse en ello”, recomienda.
El consumo de drogas suele cambiar todas las áreas de vida del adicto, explica, volviéndose incluso su principal fuente de vida, lo que hace que desarrollen habilidades o conductas inadaptativas.
Es por esta razón que el tratamiento debe ser multifactorial, resalta Ramírez Álvarez, experta en adicciones, ya que si falla uno de los elementos, los otros pueden no ser suficientes para completar el tratamiento y eso facilita la recaída.
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¿QUÉ COMPORTAMIENTO PODEMOS NOTAR EN UNA PERSONA ADICTA?
- Cambios físicos notables (aumento o disminución de peso; hábitos de higiene personal; hábitos alimenticios o de sueño diferentes).
- Hay más actitudes agresivas.
- Son más ansiosos o desesperados.
- Tienden a aislarse.
- Cambia la rutina de la persona.
Fuente: Yolanda Ramírez, sicóloga experta en adicciones.
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