A veces llega la lluvia para limpiar las heridas. A veces solo una gota puede vencer la sequía.
Mi niño interior, con sus sueños de volar a otros lados, hoy agradece y celebra la suma de logros, lecciones y aprendizajes. He andado varios caminos y conocido a muchas personas, unas permanecen cerca y otras ya partieron. La conexión establecida con algunas representa una oportunidad para crecer y desarrollar aspectos significativos de mi vida. Esto me recuerda el ejercicio de la rueda de la vida (E. Kluber-Ross); lo realizo con frecuencia, y también utilizo el pentagrama humano. Llevo estas herramientas en mi mochila emocional, que acompañan mi viaje por la vida.
Recibo en casa a mis compañeros de vida, para celebrar y agradecer todo lo recibido durante este año. Como dice la canción de Marc Anthony: “Voy a vivir el momento para entender el destino. Voy a escuchar en silencio para encontrar el camino”; esta melodía energiza mi cuerpo. Le añado la meditación diaria y la caminata para fortalecerme integralmente.
Todos necesitamos comprender la relación entre nuestro cuerpo, mente e historia personal. Así reconocemos los logros, aciertos y las heridas que la batalla nos ha dejado. Decidí trabajar en lo aprendido, allá y entonces; considerar lo logrado, y volar a otros niveles de conciencia para ofrecer y entregar lo mejor de mí en las relaciones interpersonales.
En este camino aprecio cada experiencia de amor, cariño, ternura, intimidad, amistad y, por supuesto, las heridas, sufridas en el campo de batalla porque integran mi esencia. Esto conforma los cimientos de mi casa emocional, que continúo manteniendo para llegar al final, y soltar el barco que me conducirá a la fuente única de energía pura y sutilísima.
Por consiguiente, andaré el camino con determinación, confianza y amor. Con la convicción de que será una gran aventura, un río que fluye libremente, un ir y venir en distintos tiempos para celebrar lo que mi vida tiene de bueno. Sé que tropezaré, limpiaré mis heridas y aprenderé lo necesario para continuar hacia lo deseado. Haré pausas, desviaciones y al final regresaré a lo que me fortalece. Pasé un tiempo sin conocer el camino, ahora agradezco la orientación, acompañamiento y apoyo amoroso de quienes permanecen a mi lado y me regalan su amistad incondicional.
Durante el tiempo que transite por esta vida me uniré a quienes comparten sus sueños, retos, desafíos y no temen ser vulnerables. Porque así aprenderemos juntos lo pactado allá y entonces. He observado en ellos el trabajo disciplinado, la dedicación y coraje por trascender.
Honraré siempre mi vida y la de los demás, porque ello suma y multiplica las experiencias que contribuirán a mi crecimiento. Que en nuestros corazones reine la alegría de vivir, la paz y el amor. Si en el camino nos necesitamos sólo bastará un gesto, llamada o mensaje para acompañarnos y apoyarnos.
Como dice, Benedetti: “Aunque hoy cumplas trescientos treinta y seis meses, la matusalénica edad no se te nota cuando en el instante en que vencen los crueles entrás a averiguar la alegría del mundo, y mucho menos todavía se te nota cuando volás gaviotamente sobre las fobias o desarbolás los nudosos rencores. Buena edad para cambiar estatutos y horóscopos, para que tu manantial mane amor sin miseria para que te enfrentes al espejo…” Y le doy las gracias a mi cuerpo por lo que me ha dado cada día.
“Yo comprendo: he vivido un año más, y eso es muy duro. ¡Mover el corazón todos los días casi cien veces por minuto! Para vivir un año es necesario morirse muchas veces mucho”: Ángel González. Llegarán los abrazos, buenos deseos y detalles, las risas, anécdotas y la alegría de otros años, y al final el silencio para conectar con todo lo recibido. Gracias.
El tiempo se desplaza silencioso en mis huesos y pinta los años sobre el lienzo de mi piel, con sus finos colores matizantes. Esta semana cumplo otro año, en compañía de Celina; aprenderé lo que necesite hasta que vuelva el siguiente, un abrazote, amiga.
Que sea un buen fin de semana.
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