Durante los últimos días de festividad permanecí descansando y realizando actividades de mejora en casa. Así que deseaba salir, y subí al automóvil sin un destino fijo. Tomé una ruta diferente a la habitual, observé y escuché personas que transitaban por la calle. También había niños jugando y sentí una sonrisa en mi rostro, algo poco frecuente ahora. Recuerdo los momentos de juego que disfrutaba en mi infancia, conversar con otros niños favorecía mi imaginación y creatividad.
Mi mundo del ayer nutrió mi existencia, y ahora gravita en mí en forma de recuerdos. Reaccioné al ruido de un claxon, porque me detuve a ver a los adultos mayores que cruzaban la calle; observé sus rostros, la curvatura de su cuerpo y su paso lerdo y cansado. Pensé en los años que han llevado a cuestas su mochila emocional repleta de cuentos, historias, sueños realizados o inconclusos.
En ese momento cambié el rumbo, pues recordé que debía recoger mi computadora del servicio de mantenimiento. Saludé a los técnicos y volví a la jungla de cemento, era necesario disfrutar un cafecito. Como el clima era propicio para una bebida caliente, llamé a Mary Pily, para encontrarnos y tomar un café o chocolate. Nos complació ingresar a la cafetería y saludar a los chicos de la librería. Es un gusto ver a gente joven, entusiasta, amable, atenta y sobre todo alegre. Charlamos sobre los eventos que nos esperan para este año.
Decidimos prolongar el encuentro, y fuimos a disfrutar un plato de sopa de tortilla calientita y un vaso de jamaica. Durante la sobremesa saludamos a una amiga, a quien quiero y admiro. Después entró al lugar una mujer delgada, entrada en años, la piel de sus manos ya estaba un poco arrugada y vestía de color obscuro. Cuando le hablamos dijo que no escuchaba bien, y su voz era apenas audible. Nos ofreció en venta pulseritas que ella elabora, las revisamos y seleccionamos un par. Su rostro se iluminó cuando le entregamos el pago; agradeció el gesto, nos bendijo y se despidió.
La imagen de Esperanza, así llamaré a esa mujer, permaneció en mi mente durante la tarde. Ella está en mí, aquí y ahora para darme la oportunidad de agradecer lo que este mundo tiene de bueno. Gracias a encuentros con personas como Esperanza reconocemos y comprendemos lo que habita a nuestro alrededor, es decir, todas las oportunidades de realizar actos de nobleza al azar, dejar huella en los demás y con ello favorecer los encuentros que nos proveerán sonrisas, abrazos y momentos clave. Los invito a sumergirse en este viaje de autoexploración, y mantener abierta la mente para aprovechar los momentos que nos fortalecen a diario.
Esperanza, gracias por acercarte a nosotros, por darnos ese momento, ofrecer el producto de tu trabajo, tu bendición y buenos deseos. Tu presencia queda como un susurro suave, un momento de alegría y paz. Esperanza me regaló la oportunidad de cobrar conciencia de lo que podemos aportar para que este mundo se transforme en una posibilidad de servir y amar a los otros. Aún existen muchas cosas por descubrir…
Recuerdo la canción interpretada por Enrique Iglesias, que dice: “Esperanza, ¿dónde vas? Ocultando tu mirada. De tristeza abandonada. En la soledad…”.
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