En mi consultorio hay un reloj de batería, que marca el tiempo de cada sesión. Nos acompaña, con atención y esmero; su estructura es insignificante, pero importante pues representa los minutos y segundos para revisar lo que nos acontece aquí y ahora.
Ese reloj es testigo fiel y aguarda las palabras colmadas de sensaciones, emociones y sentimientos, que gravitan en nuestro ser. Aunque en ocasiones se atrasa, porque va perdiendo fuerza, constituye una compañía silenciosa llena de significados.
¿Qué es el tiempo? La definición es: “Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro, y cuya unidad en el sistema internacional es el segundo”. El significado es rotundamente diferente para cada persona, pareja o familia dispuesta a resolver su situación conflictiva. Una pareja de enamorados diría que el tiempo es relativo y, por tanto, insuficiente para su encuentro. Pero una pareja en conflicto, y con años de convivencia, opinaría diferente.
Las parejas tienen momentos alegres, felices y plenos, y el cuerpo registra esas sensaciones, emociones y sentimientos, donde el silencio se transforma en sonidos, como latidos y voces suaves, que nos recuerdan las vivencias plenas de felicidad o dolor. En esos instantes tan breves se acumulan experiencias significativas y llenas de aprendizaje; esos momentos se van como las hojas de un árbol en otoño.
Actualmente, esos momentos de encuentro en soledad o en pareja no llegan tan frecuentemente, por ello nuestros vínculos pierden lozanía y fortaleza. A las parejas les pregunto cuánto tiempo le dedican a conversar, mirarse a los ojos, oler su perfume, escuchar sus palabras, tocar su mano o besar sus labios o cuerpo. Esto porque a través de los sentidos fortalecemos nuestros vínculos y creamos relaciones significativas. Por ello, les invito a que realicen esa práctica, como cuando eran novios. Porque “cuando una pareja deja de verse, comienza el proceso de desvinculación”. Para vivir plenamente la experiencia de ser pareja sugiero que se abracen 4×10, es decir, cuatro veces al día durante 10 segundos, y atiendan a lo que experimenten. A algunos esto puede parecerles absurdo, otros dirán que: “Es que él es muy seco o ella es muy fría”; “él es muy meloso, ella es muy infantil y sensible” o “es muy difícil, tú muy infantil”. Entonces aparece el fantasma del aburrimiento, y así se llega a la indiferencia o al desprecio interior, algo aún más doloroso.
La pareja es la mejor oportunidad para aprender acerca de nosotros mismos y de lo que nos impide modificar nuestra óptica acerca de la vida, del otro y de la pareja. Las personas evolucionamos, no somos los mismos que iniciamos una relación, así asumimos roles y responsabilidades que significan obligaciones, pérdida de libertades y, como resultado, vivimos en una cárcel que nos ahoga y provoca infelicidad.
Atendamos la nueva propuesta de pareja: integrar relaciones más equilibradas, que nos conduzcan a un conocimiento pleno de nosotros y del otro. Por consiguiente, esta elección es consciente, va más allá de pasarla bien eróticamente y sin compromiso. El amor en la pareja implica estar dispuesto a sanar nuestras heridas, ayudar al otro en ese proceso y no pretender cambiarlo a nuestra imagen y para satisfacer nuestras necesidades. Como afirma J. Bucay: “Se trata de ser el mejor lugar y disparador para el desarrollo personal de cada uno de sus miembros”. La pareja es, desde su origen, un vínculo con otro que parece ser un igual, pero no lo es.
Por un mundo de confianza y esperanza.
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