Nunca he sido tan sensible y vulnerable como cuando entrego todo mi ser a servir, para acompañar al otro.
Es notable el calor y la humedad en este puerto. Me detuve a observar el deambular de las personas cubriéndose con paraguas, mantas o cartones, y a los más vulnerables caminar descalzos desafiando las altas temperaturas. Llegué a una farmacia para abastecerme de suero oral y medicamento, para sortear este golpe de calor. Al ingresar, Sebastián, amablemente me abrió la puerta, y agradecí su atención. Su aspecto era desaliñado, sucio, y vestía camiseta y pantalón negros, y me observaba, con sus ojos claros; hicimos contacto. Eso bastó para pensar en ofrecerle algo al salir; sin dudarlo le obsequié suero y un pan de dulce, mismo que devoró, prácticamente de dos mordidas.
Recuerdo ahora esta frase de Steve Maraboli: “Un gesto amable puede alcanzar una herida que solo la compasión puede curar”. Entendamos la compasión como un sentimiento, que se manifiesta en las personas capaces de ser empáticas con los demás. Me refiero a la empatía sentida no pensada, es decir, acciones concretas para aliviar el dolor del otro a través de actos sencillos como escuchar su dolor, ofrecer un vaso de agua o un poco de comida, entre otras cosas. Me gustaría fomentar cada día, en nuestro entorno, algunas actitudes de nobleza al azar.
Les propongo dejar un momento el smartphone, levantar la cabeza y observar la realidad en que vivimos. Tomemos conciencia de lo que este mundo nos brinda para que crezcamos, a través de cosas pequeñas; dejemos que actúe el poder de lo simple. Como psicoterapeuta, sé que la compasión es una relación entre dos personas. Cuando nos conocemos y podemos observar, tocar y vivir nuestra oscuridad, estoy cierto que también podremos conocer al otro. En este caso la compasión se vuelve un hecho-acción compartido. Es preciso reconocer que también nosotros necesitamos ser compasivos con nosotros mismos, de lo contrario sería una acción inconclusa.
Ahora que escribo la columna me viene a la mente la situación de una pareja, que tuve el privilegio de acompañar recientemente. El dolor los agobia, los socava y estresa, porque no pueden cumplir las expectativas, necesidades y carencias del otro. Piensan que “si no es como yo quiero, no tiene caso estar aquí”.
Tanto la pareja como Sebastián sufren; reconocer esto será el primer paso a la compasión hacia nosotros mismos. Por tal motivo, creo que cualquier acto puede mejorar la relación, el lugar o el espacio donde convivimos con los demás.
Alguna vez leí a Platón, y rescaté esta frase alusiva a este tema: “Sé amable, porque todos los que conoces están luchando una batalla más difícil”. Dicho de otra forma, no sabemos por lo que puedan estar pasando otras personas, es preciso que la compasión y el respeto por otros vayan juntos. Esto se aplica a personas que experimentan condiciones sociales difíciles, como los migrantes, adultos mayores, indigentes o quienes viven en situación de calle y deambulan padeciendo un diagnóstico de enfermedad mental, entre otros.
En conclusión, la compasión es la capacidad de sentir cómo es vivir en la piel de la otra persona. En ambos casos, compartidos antes, pude apreciar ese dolor punzante; en el caso de Sebastián, quien era presa del fuerte calor y la humedad que lo envolvían y en la pareja, el orgullo que no les permite ver el amor que existe entre ellos.
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