El sábado pasado se llevó a cabo la 11va edición de la Marcha del Orgullo LGBT+ en nuestra ciudad capital y es grato ver que año con año aumenta el número de asistentes que se reúnen para celebrar el amor, la incorporación de aliados y los logros en materia de defensa de los derechos humanos de una comunidad que aun actualmente se encuentra sujeta al escrutinio de diversas índoles pero ello no ha sido obstáculo para que a través de distintos eventos o manifestaciones públicas se visibilice la existencia y la lucha constante de sus miembros en la búsqueda de una mejor calidad de vida en donde quien se ame o cómo se identifica cada individuo no sea motivo de discriminación.
Relativamente reciente, se han dado pasos agigantados y cruciales para erradicar prejuicios sobre la comunidad LGBT+; desde la remoción de homosexualidad del listado de enfermedades psiquiátricas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) hasta su visibilización en los medios de comunicación y reivindicación en materia de derechos y garantías que cualquier ser humano posee; lamentablemente, no en todas las naciones el panorama es brillante para la comunidad LGBT+.
La orientación sexual y la identidad de género en cada persona no se elige (por lo tanto, es un error emplear los términos “preferencias sexuales” y/o “desviaciones”), no obstante, el ser humano al ser curioso y a pesar de que la comunidad LGBT+ existe desde el inicio de los tiempos, se ha intentado explicar el origen y las causas de orientaciones sexuales diferentes y de la disforia de género abordando distintos enfoques.
Entre los estudios que pretenden explicar, desde el punto de vista biológico, los posibles factores y/o condiciones que pudieran definir la orientación sexual y la identidad de género de una persona, el neuroanatomista y psiquiatra William Byne enfatiza que no puede afirmar que la orientación sexual sea el resultado de algún factor biológico ya que también es importante considerar su interacción con modelos psicológicos y culturales; además, cuestiona a la sociedad y su ensañamiento en querer encontrar una respuesta y aun así se encontrara, en su opinión, no cambia el resultado, ni la forma en que nos percibimos a nosotros mismos y cómo vivimos; de ahí que Byne indica que es importante dejar vivir a otros sus vidas y concluye dejando como reflexión que la posibilidad de encontrar una respuesta a lo que define la orientación sexual, probablemente ésta no se encuentre en la biología del cerebro humano, si no en como cada cultura ha moldeado los cerebros de sus miembros.
Por otra parte, por lo que se refiere a estudios neurológicos, búsqueda de genes que pudieran estar vinculados con la orientación sexual e identidad de género y hasta la influencia hormonal durante la gestación no han podido ser concluyentes; no obstante, se ha reportado que la diferenciación de los genitales durante la gestación ocurre primero que la diferenciación sexual del cerebro por lo que cabe la posibilidad de que no necesariamente exista congruencia entre ambos procesos; asimismo, otros estudios en función de sus resultados han podido identificar diferencias estructurales en el cerebro de individuos trans (disforia de género) con respecto a aquellos que sí se identifican con su sexo biológico (cis).
Lo que sí hay que subrayar es que posterior a una revisión bibliográfica en el tema, todos los estudios sugieren que existe de alguna manera una interacción de la biología, la cultura y los diferentes estímulos presentes en el ambiente que influirán en la orientación sexual e identidad de género.
Sin embargo, retomando a Byne, el dilucidar la o las respuestas a este dilema ¿cambiaría el resultado? ¿Impondríamos nuestra forma de vivir y pensar para convencer a otros de nuestra postura? A quien ames o cómo te identifiques hay que expresarlo con la cara al sol porque solo así, serás tú en tu máximo esplendor y vivirás plenamente.
Bendecido fin de semana.
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