Que te adoren, Señor, todos los pueblos”.
Isaías 60,1-6
Efesios 3,2-3.5-6
Mateo 2,1-12
La Iglesia celebra la Solemnidad de la Epifanía del Señor el domingo siguiente al 01 de enero. Lo más importante de esta festividad es la manifestación (revelación) de Dios a través de Jesús niño “que acaba de nacer”. De hecho, la palabra “epifanía” significa manifestación (divina). Dios, pues, en su Hijo recién nacido, se revela, se da a conocer a unos magos venidos de Oriente. El centro de la fiesta es el Dios hecho hombre, nuestro Salvador. Los magos, en realidad, son personajes secundarios, que simbolizan a los pueblos paganos, es decir, a las naciones no judías.
Los textos bíblicos están “salpicados” de expresiones de luz y alegría; y no es para menos, la llegada del Niño Dios es motivo de gozo, Él es la luz que resplandece sobre Jerusalén y que ilumina a todos los pueblos de la tierra: “Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti…”. ¡Dejémonos iluminar por la Palabra hecha carne!
Los magos nos dan ejemplo de cómo debemos buscar al Señor. A ellos no les importa dejar la comodidad de su casa y recorrer caminos desconocidos, peligrosos y distantes, con la única intención de encontrar a Jesús. Dios los va guiando en su búsqueda. Ellos se dejan guiar, confiadamente, por las señales divinas a pesar de las sorpresas y los desconciertos. ¡Busquemos al Señor de todo corazón!, no escatimemos esfuerzo alguno por encontrarlo.
Qué cosa más paradójica: en Jerusalén, la capital, la ciudad santa, nadie sabía del recién nacido; a sus habitantes les había “pasado de noche” el nacimiento del Redentor. Qué pena y, a la vez, qué tristeza…; los que deberían dar ejemplo de estar atentos y vigilantes ante la llegada del Mesías, estaban ignorando uno de los acontecimientos más importantes en la historia de la humanidad. ¡Que a nosotros no nos pase lo mismo!
Los magos, una vez que la estrella los vuelve a guiar, “encontraron al niño con María, su madre, y postrándose lo adoraron”. Le ofrecen tres regalos: oro porque Jesús es rey, incienso porque Jesús es Dios, y mirra porque Jesús es un hombre que experimentará, tarde o temprano, el sufrimiento.
En la misa de este domingo, ofrezcamos a nuestro Salvador toda nuestra vida como el mejor regalo que podamos poner a sus pies. Así sea.
¡Que tengan un excelente domingo!
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