“Este tipo de noticias me deprimen demasiado y diría que mi principal insatisfacción con el mundo y mi visión de que es horrendo proviene de ahí, desde que tengo memoria”, le dije a mi novia el pasado 18 de febrero mientras le compartía capturas de pantalla que anunciaban la represión a las protestas sucedidas por la muerte de Alekséi Navalni, acaecida dos días atrás.
“Mi lucha más feroz es en contra de la creencia que el mundo no puede ser más justo”, reza un meme en el que se ve a un gato enmascarado saltando desde la tercera cuerda de un cuadrilátero, con el cual me topé en las horas siguientes.
Cuatro días más tarde fui solo al cine (en una época en la que cada vez comprendo mejor a Aureliano Babilonia cuando, en la última madrugada de Macondo, se abre de brazos en la mitad de la plaza y grita con toda su alma: “Los amigos son unos hijos de…”) a ver The Zone of Interest, el filme de Jonathan Glazer del que se seguirá hablando durante años sobre “la banalidad del mal”.
¿De qué escribir en unos tiempos en los que reina la indolencia, la injusticia como un barril sin fondo y la también banalidad de las (malditas) redes sociales y la cultura del espectáculo? “Noticia vieja, por cierto”, diría Guillermo Fadanelli.
En su libro ensayístico Meditaciones desde el subsuelo (de cuyo texto de contraportada tomé el título para esta columna, pues en él se describe a la obra en cuestión como: “Elogio de la anormalidad y el aislamiento, arqueología del desencanto, genealogía del pesimismo, [y mi segunda descripción favorita para título de columna] catequismo mundano del hedonista”) el escritor mexicano señala que en este país se vive “el exilio de la crítica profunda y el predominio del juicio disparatado, la plaga de la opinión furibunda y del abuso del entretenimiento salvaje”, palabras que fueron editadas para su publicación en 2017 y que a poco menos de siete años de distancia resuenan con mayor fuerza en estas semanas en que nos tenemos que tragar todo lo mediáticamente deplorable en torno a la elección presidencial.
Fadanelli cita después a Pico della Mirandola cuando a finales del siglo XV hacía una exaltada apología del libre albedrío y del hombre como modelador y escultor de sí mismo para que, a su gusto y decisión, pueda degenerar a lo inferior, con los brutos, o realzarse a la par de las cosas divinas. El de Ciudad de México añade que salvo en algunos casos extraordinarios del arte y de las ciencias el mundo tendió a lo que él llama “la brutalidad globalizada”.
“Casi nadie se da, hoy en día, tiempo para pensar”, dice páginas más adelante, “es decir, reflexionar utilizando el lenguaje hasta encontrar formas de expresión que le hablen a uno de sí mismo y de su conexión a la tierra”.
Y finalmente apunta que sin buenas preguntas no hay progreso, pero: “¿Cómo pueden hacerse preguntas los desmemoriados?”.
Hay que cuestionarlo todo, añadiría yo. Cuestionarlo todo hasta desentrañar cada una de las ramas del árbol de la historia y detonarlo desde adentro.
“Me vas a dar tiempo para pensar”, diría Kanye West. “Me hiciste una pregunta seria y voy a tomarme un tiempo para pensar en mi respuesta. Voy a usar el tiempo a mi favor en esta situación”.
Sirvan las siguientes entregas a esta causa.
Ahora, repite la pregunta.
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