En Sonora todos conocen la pálida: ese bajón repentino donde te quedas blanco como yeso, sudas helado y sientes que te vas a desmayar en seco.
Pero lo que le pasó a Ramón en una fiesta en un baldío a las afueras no tuvo nada que ver con vicios. El vato andaba completamente sobrio, tomando pura agua mineral, pero el ambiente en ese terreno estaba cargado de una manera inexplicable.
Eran las dos de la mañana. Había un polvaredal tremendo por el baile, tres focos colgados de un mecate, la tuba a reventar y el calor sofocante del desierto. De repente, el aire se puso denso, pesado, como si la presión atmosférica se hubiera desplomado de golpe sobre el lugar.
Sin motivo alguno, a Ramón se le fue el piso.
Le zumbaban los oídos, se le enfrió la nuca por completo y le pegó una náusea perra. Se fue tambaleando hacia el alambre de púas para tomar aire fresco, agarrándose la cabeza: “¿Qué me está pasando? Si no he tomado nada, ya me pegó un golpe de calor durísimo”.
Tomó aire, tragó saliva y volteó a ver la fiesta.
Ahí se le heló la sangre.
El baile se congeló por completo. Unas cuarenta personas —los invitados en las mesas, los meseros con platos de comida y los músicos con los instrumentos en mano— estaban tiesos. Nadie respiraba. Absolutamente todos tenían la cabeza girada hacia él, mirándolo fijo.
Tenían los ojos completamente negros, hundidos, y unas sonrisas deformes, abiertas de oreja a oreja, como demonios burlándose de él en la penumbra.
Ramón pegó un grito del susto, se tapó la cara y se talló los ojos con fuerza.
Tardó dos segundos en volver a abrirlos.
La tuba seguía sonando, los señores estaban alegando a carcajadas, la gente seguía bailando apretada y los meseros iban y venían como si nada hubiera pasado en el mundo.
Terminó tirado en una silla de plástico, descolorido como un muerto, pidiendo agua con sal para no desmayarse.
Hasta el día de hoy, cada vez que sale el tema, los compas se le cagan de la risa: —“Nombre, Ramón, ¡te pegó durísima la pálida! No aguantas nada y viste al diablo.” —“¡Que no tomé nada, cabrones! —les jura Ramón encabronado—. ¡Traía pura agua mineral toda la noche!” —“Sí, cómo no, compa, te pegó la pálida en seco y te alucinaste solo.”
Todos lo agarran de botana y no lo bajan de que le dio la pálida más ridícula de la historia. Pero Ramón se queda serio y no cambia su versión: jura por lo más sagrado que estaba lúcido, que esa pesadez del terreno abrió una rendija entre este mundo y el otro, y que por dos segundos vio la verdadera cara de los demonios que estaban sentados en las mesas.




