En punto de las 11:00 de la mañana, millones de teléfonos y altavoces públicos en México se sincronizaron para emitir el tono más temido por el sistema nervioso central colectivo: la alerta sísmica. El ejercicio corresponde al Simulacro Nacional, una herramienta de protección civil diseñada para evaluar tiempos de evacuación, afinar protocolos de seguridad en hogares y centros de trabajo, y recordar la importancia de la prevención ante los movimientos telúricos que caracterizan la geografía del país.
Hasta ahí la parte formal, técnica y responsable. Lo que la teoría de Protección Civil no calculó del todo fue la colisión frontal entre la cultura de la prevención y el sagrado derecho a la flojera de fin de semana.
Justo cuando una parte considerable de la población se encontraba en fase REM, soñando con playas paradisíacas o con que por fin les aumentaban el sueldo, el ensordecedor berrido del teléfono convirtió las camas en trampolines olímpicos. No hubo necesidad de café: la descarga súbita de adrenalina puso a medio país de pie en tres segundos, en calzones, descalzos y con cara de no saber en qué año ni en qué dimensión temporal estaban aterrizando.
Entre quienes salieron a la banqueta abrazando a su perro confundido, los que casi tiran el cereal por los aires y los que se quedaron congelados esperando ver si la lámpara se movía, el país entero cumplió con el ritual: bolillo para el susto y revisión de signos vitales.
La cultura de la prevención salva vidas y es fundamental saber reaccionar con orden y rapidez, pero el precio emocional de hoy se pagó caro. A ver, con honestidad: ¿quién ya estaba despierto y disciplinado en su punto de reunión, y a quién se le reinició el módem de un brinco desde el colchón?




