“Los años pueden arrugar la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma”. (Samuel Ullman)
Al salir a caminar esta mañana me sorprendió la brisa, la caricia de un suave viento otoñal y el ligero murmullo de los recuerdos. También apareció la nostalgia, y recordé cuando caminaba de un lugar a otro sin la zozobra de la inseguridad. Sin embargo, pronto llegaron los recuerdos que son un regalo; los de caminos colmados de aventuras en la primera infancia, adolescencia y juventud, pues traen consuelo y alegría de vivir.
Gracias a la suma de mis experiencias, ahora aprecio surcos en mi piel y en la de quienes me rodean; celebro la alegría de envejecer con entusiasmo y entrega. Observo, en retrospectiva y minuciosamente, las experiencias pintadas en el lienzo de mi alma; puedo apreciar la suavidad de las figuras y la pléyade de colores de diversos matices que marcaron cada momento: el primer beso adolescente, la caricia robada a una chica linda, el rostro hermoso y los ojos claros de otra, que me impulsó a escribir un par de versos en una cafetería. La piel tersa de mi juventud y la fuerza de un cuerpo que embarnecía, para recibir las múltiples experiencias de vida.
Hoy encuentro razones para celebrar la vida, al observar los surcos de mi piel. Esta vida colmada de sueños compartidos, realizados y por concretar. Cuando me detengo a mirar detenidamente mi cabeza, y peino un par de cabellos blancos, puedo agradecer todo lo vivido. Asimismo, al observar las comisuras de mis labios, señal inequívoca de que he sonreído y reído con pasión. El vello de mis brazos avizora la nieve que los cubrirá pronto. La frente amplia y expuesta tiene surcos que me llevan a reconocer las pocas veces que frunzo el ceño, por algo que me ocupa o inquieta.
No me preocupa la calvicie, barba y bigote blancos, pues son reflejos de que he vivido intensamente cada instante. No he recurrido a cremas o tintes para disfrazar mi edad. Tampoco a cirugías estéticas para dibujar un cuerpo diferente al que porto, cuido o descuido. Celebro la hermosura del tiempo vivido y compartido con los amigos y compañeros de viaje. Esos momentos de nostalgia por los juegos infantiles, las lecturas de cómics de superhéroes, las cartitas de personajes que intercambiábamos, los juegos de pelota o los de mesa (lotería, serpientes y escaleras). La lectura de poemas de amor y desamor, la música romántica y de vanguardia, que agitaba nuestra rebeldía juvenil.
Encontré una frase que disfruto ahora: “La cana, engaña, el diente, miente, pero la arruga, no cabe duda.” Conozco la obsesión de algunas personas por las cirugías, masajes o el ejercicio de alto impacto, que prometen eliminar o borrar los surcos de la piel. No parecen tener suficiente efectividad.
Llegaré agradecido al último destino portando el equipaje que me corresponde. Mi espíritu joven reflejará la alegría de vivir cada instante, y continuaré ejercitando mi cerebro para que no se arrugue como la piel. Dispuesto estoy a disfrutar los aprendizajes de la juventud y amasar los pensamientos que generaran sabiduría, para compartirlos con las nuevas generaciones.
Abrazaré a los amigos y compañeros, les desearé que lleguen al lugar que soñaron en plena conciencia, y les diré que son lo mejor que me ha sucedido: contar con su compañía durante la travesía de la vida. Vamos a encontrarnos para celebrar lo que este mundo tiene de bueno.
Me despido ahora observando fotografías de mi padre y madre, también donde estamos mi abuelo y yo. Eso hace vibrar mi corazón, pues “los años pueden arrugar la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma” (Samuel Ullman).
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