Durante lo que va del año todos hemos caído en la tentación de imaginar escenarios futuros a partir del boom de la inteligencia artificial. Algunos creen que llegó el momento de que todo se volverá digital, desde las compras del supermercado automatizadas hasta la detención a tiempo de nuestras futuras enfermedades.
Esta visión futurista ha permeado en el mundo editorial. La venta de libros digitales está despuntando, ya es una realidad la escritura de libros con IA y como lo electrónico no ocupa grandes estantes, la idea de las bibliotecas virtuales ha ganado popularidad en las escuelas de todos los niveles en los últimos años.
Hace poco fui a una escuela privada de educación básica. Al no ver una biblioteca tradicional pregunté por ella. La encargada de dar el recorrido dijo con gran orgullo que tienen varias licencias con acceso a miles de libros digitales. Aclaró que los estudiantes usan los libros físicos pero sobre todo utilizan las plataformas para realizar sus ejercicios o tareas.
La visita a esta escuela coincidió con un artículo que leí días después, en donde un grupo de investigadores y maestros de la región de Cataluña defienden los libros físicos en la formación escolar, porque han comprobado que la comprensión lectora de las últimas generaciones es muy limitada y que sólo el 40% de sus escuelas tienen una biblioteca de libros impresos. Al mismo tiempo en Suecia, las escuelas han dado marcha atrás en el uso de las pantallas para volver a los libros de texto por las mismas razones que los catalanes.
Tener acceso a una biblioteca escolar de manera tangible ayuda a que los estudiantes refuercen sus habilidades de búsqueda, de discernir títulos y autores, de cotejar información, de palpar su motor de búsqueda natural, de ser consciente del algoritmo que llevan dentro, estimula el interés y la curiosidad. Una biblioteca sin libros no es biblioteca. No cumple su sentido. Se convierte en un simple buscador. Así como las bibliotecas necesitan libros, los libros necesitan bibliotecas para su preservación, orden y consulta.
Las bibliotecas digitales son útiles porque te arrojan información rápida y precisa, lo cual resuelve ciertas necesidades prácticas. Pero una biblioteca física no ha perdido su relevancia porque genera otras experiencias en los usuarios. Estar en un pasillo en medio de cientos de libros no se compara con entrar a una página web con miles de portadas de libros para descargar.
Todo lo digital es una extensión del ser humano, y por lo tanto es válido probar sus alcances, pero en definitiva, después de leer en pantalla todo el día, en las lecturas nocturnas de padres e hijos, lo mejor es leer un libro impreso a una tableta. Ambos pueden sostener el libro formando un vínculo más allá de la lectura. Mientras el papá o la mamá lee a media luz, el hijo o la hija empezará a navegar en el mar de las historias con el impulso del viento de las palabras que escucha.
Descarguemos libros pero no dejemos de comprarlos impresos. Leamos en tabletas pero subrayemos a mano. Borremos archivos pero también intercambiemos libros con los amigos. Busquemos libros de segunda mano pero demos click en el link que te lleva a un libro gratis. Cambiemos de fondo y de letra en el kindle pero también busquemos libros con la letra ideal para nuestros ojos. Palpemos la pantalla y acariciemos el papel. Leamos en la nube y en la tierra.
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