Me entero que, muy pronto, en el museo de culturas populares e indígenas de Sonora, con sede en Hermosillo, habrá una exposición de lucha libre en la que destaca un acervo de máscaras, trajes y demás atuendos del pancracio mexicano que compartirá el coleccionista Néstor Álvarez González quien viene desde el mero Rosarito, Baja California.
Será el 14 de abril de la 6 en adelante.
Y habrá otras cosas, muchas más.
Hasta donde hemos llegado. No es reclamo es regocijo y hablo en primera persona del plural, refiriéndome a todos aquellos que, desde niños, somos aficionados de este deporte-disciplina-espectáculo-teatro-simulación-drama y verdad.
Digo “hasta dónde hemos llegado “porque no me hubiera imaginado que esto que un día fue un entretenimiento marginal, exclusivo de la plebe, ahora ya es considerado patrimonio nacional y en un descuido, no tardaremos en verlo como una política público del Gobierno en turno.
Algo de eso, ya empezó. Ahorita les cuento pero déjenme recordar:
Fue a mediados del siglo XX, cuando alguien que, supongo, no tenía muy cargada su agenda, quiso ser políticamente correcto, le sugirió al regente Uruchurtu que prohibiera la transmisión de la lucha libre por televisión y este así lo hizo.
Que porque la consideraban alejada de la moral, se dijo. Y porque fomentaba la violencia, trascendió.
Quien pensó tal absurdo tal vez fue alguien que recogió a su hijo del piso, segundos después de que este, sin límite de tiempo, se lanzó, a lo baboso, desde la tercera cuerda de su litera y fue a caer, estrepitosamente, junto a un liacho de ropa sucia y un par de taburetes.
El mismo niño que, semanas antes había puesto la plancha caliente en el brazo de su hermanito y que un día agarró a patadas a su mascota porque se la pasaba ladre y ladre cuando empezaba a cantar.
El papá, sin embargo, no reconoció que al que debería meter en cintura era a su hijo y entonces le echó la culpa a la lucha libre.
Considerando que pudiera ser un mal ejemplo para las familias mexicanas, la dejaron fuera del aire, no obstante que, siendo el box más peligroso y con más muertitos, éste sí lo transmitían cada semana en esas memorable funciones sabatinas de las que ya les he contado.
Eran los años cincuenta, tiempos en que la lucha libre aún era considerada “sólo para nacos”. Esta dejaba de ser un evento extraordinario para convertirse en un deporte establecido.
Como dice Sara Carolina Cruz, “para este entonces ya merecía ser llamado ‘chido’, sobre todo porque esa palabra se atribuye a los jóvenes que vivían en la zona de Tepito y la Lagunilla, que utilizan dicho término como parte de su caló para indicar que algo les agradaba”.
Pero de todos modos, quienes durante los años posteriores consumíamos esa rareza, en donde en un coliseo extraños personajes cubren su identidad con unos trapos, mientras otros, sin tapa, pueden lucir bonitos o mostrarse como los más salvajes que te pueden devorar en cualquier momento, no librábamos las exigencias sociales como para dejar de ser de la clase baja, de los amolados, de los pobres.
Un espectáculo que estaba destinado, de forma exclusiva salidos de la periferia y de los barrios populares quienes esperaban el fin de semana para estar tempranito afuera de la arena, abasteciéndonos de chicharrones con chile y semillas de calabaza, porque, adentro, la doña cuerpo de azucarera las vendía más caras y nos las daba rancias.
Eso se creía.
Pero transcurren los años y lo que uno vio desde hace mucho, tarde que temprano es reconocido y entonces sí, hay que hacerlo propio, mordiéndonos una oreja porque eso que nada más veían y disfrutaba la chusma, tiene lo suyo y vale tanto como otras curiosidades de la cultura popular, de tal suerte que hay que darle el reconocimiento que tiene y que fuimos incapaces de darnos cuenta.
Lo ‘naco’ y lo ‘chido’ se volvían un atractivo, en tanto que lo “in” le seguía haciendo el feo.
Pero llegaron los 80 y con ellos venían las funciones del Pavillón Azteca (antes Carpa Royal Palace) donde nacerían ídolos de la época reciente de la llamada lucha de fantasía gracias a los personajes como Super Muñeco, o Super Ratón o Super Pinocho, o Dardo Aguilar, Puma Balderrama, Nahur Kaliff, Barba Negra, Panama Panther y otros que reverdecieron y figuraron como nunca antes cuyos reputación luchística fue auspiciada por la voz del Dr. Alfonso Morales y don Pedro El Mago Septién, quien había estado en la anterior aventura televisiva en Televicentro y volvían a su hábitat, locos de contentos y llenos de felicidad.
Pudo ser en esas fechas cuando al mismísimo Ricardo Rocha, se le ocurre programar una contienda de lucha libre en su programa “En Vivo”, quizá porque este espectáculo era uno de sus pasatiempos favoritos o porque trató de honrar a dicho deporte, lo cierto que fue una rendija más para que los costalazos y las volteretas, las máscaras y las cabelleras, las llaves y las contrallaves, los idolatrados contra los malditos, fuera penetrando de nuevo en la pantalla chica hasta alcanzar el despliegue que ahora tiene.
Para algunos, lo anterior revolucionó la lucha libre y a las multitudes que coreaban, confrontaban, maldecían y echaban madres en las arenas, se le sumaron las multitudes domesticas que, a grito abierto, arremetían contra el técnico o contra el rudo, según el bando al que pertenecieran en esta teatralidad que nos hace espejear hacia el bien y el mal, esa condición binaria de la que está hecha toda nuestra existencia.
Otros miran hacia el pasado y afirman que aquel capítulo fue mejor. La lucha libre era a ras de lona, más llaveo, más verosímil pese a esas disputas ilusorias y feroces del que todos éramos cómplices, de lo contrario no tenía sentido participar de esa magia: tan real como esta vida mentirosa.
Entre esa nostalgia y el presente, la lucha libre ya no se reservaba el derecho de admisión y esta era el atractivo número uno el país o fuera de él, ya sin distinción de clases.
Decir que te atraía la lucha libre, ahora te vestía y estabas a tono con algo que se ofertaba como vanguardista. Como siempre ocurre, no faltaron los villamelones que compraron sus máscaras dándole la misma o sin saber si quiera de qué luchador se trataba.
Cuando menos esperamos ya se estaba firmando el decreto por el que se declara Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad de México a la Lucha Libre Mexicana.
En el Antiguo Palacio del Ayuntamiento, el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, José Ramón Amieva Gálvez; el secretario de Cultura, Eduardo Vázquez Martín, y Roberto López Suárez “El Fantasma”, presidente de la Comisión de Lucha Libre Profesional de la CDMX, estaban su poderosa, gustosos, como si fuera con tinta sangre de su corazón.
Por medio del decreto se reconoce a los “conocimientos, creencias, prácticas, técnicas, sistemas de representación y transmisión” relacionados con el deporte del pancracio.
“Con esta declaratoria, la ciudad reconoce y adopta a la lucha libre como una gran expresión cultural que involucra a luchadores, historiadores, cronistas, réferis y a las familias que acompañan día con día a quienes han construido esta gran historia que se ha ido formando como un espectáculo cultural”.
Ahora sí, como más razón, la lucha libre mexicana, acaparó miradas de todos lados y los que crecimos con ella, sentíamos bonito el haberle sido fiel desde siempre, pese a trato clasista que algunos, despectivamente, le querían dar.
Precisamente leo que la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum Pardo, y el secretario de Turismo del Gobierno de México, Miguel Torruco Marqués, convocaron y presentaron el “Tianguis Turístico México 2023, Ciudad de México” que se realizó del 26 al 29 de marzo en el Centro Citibanamex. En el programa se destacó como uno de los principales atractivos turísticos a la lucha libre.
Esa misma a la que hace años la sacaron del aire que porque la consideraban alejada de la moral y porque fomentaba la violencia.
Oh, Dios, que vueltas da la vida. Oh Dios, Monsiváis, perdónalos, no sabían lo que hacían.
Antecedía a este decreto ya citado, la declaración de la fecha del 21 de septiembre como Día Nacional de la Lucha Libre y el Luchador Profesional Mexicano por parte del Senado de la República.
En 2016 fue presentada la propuesta al Senado de reconocer al deporte a nivel nacional, lo cual se concretó en 2019, con 341 votos a favor, firmándose oficialmente el decreto.
La fecha rememora el 21 de septiembre de 1933, cuando Salvador Lutteroth fundó la Empresa Mexicana de Lucha Libre, que devino en el Consejo Mundial de Lucha Libre, con el propósito de impulsar al deporte.
Vóitelas.
Por eso y más, hay que ir este 14 de abril al Museo de Culturas Populares e Indígenas de Sonora.
Y estar ahí, sin límite de tiempo, con máscara o sin ella.
Lea el artículo completo aquí.



