¿Qué es lo primero que viene a nuestra mente cuando escuchamos la palabra ‘veneno’? Quizá dentro de las opciones posibles pudiéramos pensar en ‘peligro’, ‘precaución’, ‘aversión’ o genera una actitud de alerta para evitar estar en contacto ya sea con la sustancia identificada como tal y/o incluso con la fuente que la secreta (que la libera hacia el exterior), es decir, algún otro ser vivo.
Dentro de un contexto biológico se pudiera definir como veneno a aquella sustancia que posee la capacidad de inducir efectos negativos en las funciones celulares a tal grado de que si no se toman medidas a tiempo las consecuencias pueden ser letales.
Entre los efectos adversos que se han identificado al estar expuesto ante diversos venenos se encuentran citotoxicidad (daño celular), neurotoxicidad (daño al sistema nervioso), toxicidad muscular y cardiotoxicidad; esto se traduce en dolor, inflamación y en escenarios drásticos el colapso de los sistemas respiratorio y cardiovascular llevando así a la muerte.
En la naturaleza, hay una amplia variedad de organismos capaces de secretar este tipo de sustancias, sin embargo, en esta ocasión nos centraremos en los animales, los cuales emplean dichas sustancias como estrategia ya sea para cazar a sus presas o defenderse.
La ciencia se ha abocado a la caracterización y mecanismos de acción de los venenos para poder desarrollar tratamientos que los neutralicen, no obstante, en una publicación realizada por Yu y colaboradores en el 2020, enfatizan que esta tarea no es nada sencilla ya que se pueden presentar variaciones en estas sustancias por el componente geográfico, es decir, en donde se encuentra físicamente una determinada población de estos organismos, así como de su alimentación, sexo y edad; lo anterior impactará directamente en las propiedades del veneno y por tanto en su toxicidad, síntomas de los organismos que estén expuestos a estas sustancias y la eficacia de los tratamientos.
Por otro lado, durante el proceso de caracterización de venenos en distintas especies de animales se han identificado moléculas de interés biotecnológico ya que presentan actividades biológicas que en un momento dado pudieran emplearse en el Sector Salud. Un ejemplo de estos organismos son las anémonas de mar, las cuales son consideradas como uno de los grupos de especies animales altamente venenosos y se sabe que dentro de su veneno se encuentran péptidos (conjunto de dos o más aminoácidos) que poseen el potencial para su uso farmacológico para tratar varias enfermedades autoinmunes tales como lupus, psoriasis, artritis reumatoide, diabetes tipo 1 y esclerosis múltiple; sin embargo, pocos han sido los péptidos derivados de veneno de anémona que han logrado avanzar en las etapas de ensayos clínicos.
Otros de los venenos ampliamente estudiados para aplicaciones farmacológicas es el de las serpientes y se ha reportado su uso para el tratamiento de diferentes tipos de cáncer como el melanoma que se sabe que es uno de los cánceres más severos en la piel y aunque hasta el momento no hay una terapia que contemple el uso de péptidos presentes en los venenos de estas especies u otros animales, los resultados que se han generado son prometedores.
Otro animal del cual no sólo se usa su veneno, sino también la miel, la cera, la jalea real y el propóleo son las abejas. Se tiene registro inclusive que desde las primeras civilizaciones empleaban el veneno de las abejas para el tratamiento de enfermedades de la piel, dolores de espalda, reumatismo y artritis. Actualmente, se sabe que el veneno de abejas posee actividades biológicas tales como antiinflamatoria, antibacteriana, antivírica, anticancerígena y antimutagénica de tal manera que además de las aplicaciones anteriores, también se usa para el tratamiento de tumores y enfermedades del sistema circulatorio y de tipo inmunitario.
Espero esta información haya sido de su agrado y les deseo buen fin de semana.
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