“El Señor conoce todas las obras del hombre. A nadie le ha mandado ser impío y a nadie le ha dado permiso de pecar”.
Sirácide 15,16-21
1 Corintios 2,6-10
Mateo 5,17-37
Desde pequeños hemos venido conociendo y practicando los mandamientos que Dios, en su infinita sabiduría, nos ha dado a todos los seres humanos. Estas normas divinas buscan nuestro propio bien, aunque, para algunas personas, están fuera de lugar, ya que atentan, según dicen, contra la misma dignidad humana.
Hoy la Palabra proclamada nos invita a considerar el valor e importancia que tienen los preceptos que Dios nos pide guardar. En el cumplimiento de ellos está la verdadera y plena felicidad que todos los hombres y mujeres deseamos alcanzar.
Para comprender el sentido que tienen los mandamientos divinos se requiere, en primer lugar, sabiduría. No basta ser “inteligentes” para valorar la ley de Dios, ya que muchas veces la inteligencia es usada no para hacer el bien, sino para hacer el mal. En cambio, poseyendo la sabiduría de lo alto podremos captar toda la riqueza y valor que tienen estos mandamientos.
El texto de la primera lectura (Sirácide) contiene un pensamiento maravilloso que conviene nunca olvidar: “El Señor conoce todas las obras del hombre. A nadie le ha mandado ser impío y a nadie le ha dado permiso de pecar”. ¡Qué afirmación tan más contundente! Dios no nos ha dado permiso de pecar, así de claro, así de sencillo. La razón es muy obvia, hacer el mal conduce a la muerte, en cambio, hacer el bien, conduce a la vida: “Delante del hombre están la muerte y la vida; le será dado lo que él escoja”. Rezar con devoción el salmo responsorial (Sal 118) nos ayudará a contemplar y a entender, con sabiduría, la importancia que tiene el cumplimiento de las leyes divinas: “Dichoso el que cumple la voluntad del Señor”.
Nuestro Señor en el evangelio repasa algunos mandamientos de la ley, señalando cómo él no ha venido a abolir ningún precepto. “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud”. Estas palabras nos ayudan a entender que no basta una simple interpretación de los mandamientos; cada uno de ellos contiene un significado más profundo, más completo y más perfecto, como indican las mismas palabras de Jesús: “Han oído que se dijo a los antiguos…. Pero yo les digo….”.
Le pedimos al Señor en nuestra eucaristía dominical dos cosas: que nos conceda cumplir siempre sus preceptos y que, con nuestras palabras y acciones, enseñemos a los demás a cumplirlos. Así sea.
¡Que tengan un excelente domingo!
Lea el artículo completo aquí.



