I.
“En septiembre de 2024 México dejará de ser una república para convertirse en una monarquía”, escribió el historiador [no es sarcasmo], ensayista y editor mexicano Enrique Krauze el pasado 22 de agosto en su cuenta de X.
Lo denigrante del asunto no es que alguien cercano a cumplir ochenta años esté dando evidentes muestras de chocheo, sino que lo haga de manera tan flagrante como para afirmar que Claudia Sheinbaum será la próxima reina del país, sin poder mantenerse consecuente siquiera con el discurso de la oposición de que México va camino a convertirse en Cuba o Venezuela, pues según este -alguna vez respetado- señor ahora viviremos bajo un régimen político al más puro estilo de Inglaterra.
En lo que a mí respecta es una prueba irrefutable más de que ser alguien de letras o un así llamado intelectual no va precisamente de la mano con no carecer de razón o las más de las veces con no ser un auténtico pelmazo.
Y es que qué grosería aventar un discurso semejante cuando entre tus títulos están el ser director de la Editorial Clío (presentada gallardamente como un sello de publicaciones académicas, artísticas, científicas, tecnológicas, técnicas y culturales) y de la revista Letras Libres.
(Dios no me permita construir una carrera y una imagen profesional durante más de cincuenta años sólo para aventarla por la borda un buen día con uno de los tuits más inocuos y bobos de los que se tenga memoria en la historia reciente, y todo porque me quitaron la papita).
II.
Lo que me lleva ahora al fenómeno de La Casa de los Famosos y a los siempre insufribles opositores del entretenimiento de masas, pues también qué cosa tan más bochornosa alguien que cree ser un ejemplo de virtud.
Y es que basta con asomarse a cualquier video viral del reality de Televisa para toparse con comentarios que resaltan la poca capacidad de ver más allá de sus narices que tienen esas ingenuas y pobres almas que por leer dos o tres libros al año, o porque su película favorita es Pulp Fiction o Fight Club o en el mejor de los casos alguna de Kubrick han de creer algo así de que el mundo sería un lugar más justo y con menos guerras y hambruna si el resto de los humanos tuviera la misma educación sentimental que ellos.
A continuación, algunos de los comentarios de estos paladines del buen gusto que he tenido el disgusto de leer y a los que hago copy/paste de manera íntegra: “Es una pena querer asomarse a las peores miserias”; “Qué ejemplo y educación le están dando a los niños”; “Primaria trunca”; y el que es de cajón: “Por eso estamos como estamos”.
Y para una mejor ilustración de lo ridículo del asunto aquí un simple divertimento: Construyamos una breve semblanza de dos personas cuyos caracteres muy quizás la mayoría de nosotros conocemos. Llamémosles A y B.
A tiene 35 años y actualmente estudia un doctorado en Humanidades. Su trayectoria académica la ha llevado de intercambio a España y a presentar ponencias en Uruguay y Costa Rica. El dinero de las becas y de un par de años desempeñándose como maestra de educación media superior le han costeado vacaciones en Nueva York y Las Bahamas. Oséase que adiós a lo de primaria trunca y tampoco es alguien a quien llamaríamos precisamente tercermundista. En su vida personal A trata de no perderse los cumpleaños de sus mejores amigos y continúa contribuyendo al sustento de su casa. Le gustan mucho las mascotas y nadie puede decir que alguna vez ha hecho daño a animal alguno. A es una de las millones de personas que está enganchada con La Casa de los Famosos. Sus gallos, por su puesto, son los integrantes del Team Mar.
B, por su parte, ya está entrado en sus cuarentas. No estudió más allá de la licenciatura, pero el trabajo que consiguió después le basta para darse uno que otro gusto. Escucha música rock y metal y detesta los corridos tumbados, y por razones que siempre se me van a escapar cree que ese acto/postura lo destaca por encima del resto de sus pares. Sus cineastas favoritos son Kaurismäki, Jarmusch, Lynch y Godard [algo bien, todo haya de decirse]. Y aunque sus mejores años quedaron atrás, B es todavía un soltero empedernido. Lo que no les dice a sus citas ocasionales es que tiene un hijo de su expareja, a la que dicho sea de paso nunca le ha dado lo de la manutención. Como transita por el mundo creyendo que no le debe nada a nadie hace tiempo que no ve por los suyos y su sentido de solidaridad es prácticamente nulo. Y aunque no me consta que B sea una persona violenta o que alguna vez le haya hecho daño a animal alguno, seguimos hablando de alguien a quien me gusta llamar un gran cretino. B cree que la situación sociopolítica de México y de gran parte del mundo es deplorable, en parte, porque millones de personas ven un reality show.
Y lo que yo ahora me pregunto es: ¿qué carajos cambiaría si esas millones de almas vieran en su lugar un concierto de música clásica o que los miles de comentarios que se suscitan en redes sociales sobre la polémica en turno fueran para discutir, digamos, la obra de Dostoyevski o de Camus?
En su ensayo En busca de un lugar habitable Guillermo Fadanelli dice que, en lo personal, aún comprobada cualquier teoría sobre los orígenes de la vida, cree que los hombres seguirán levantándose por la mañana para hacer lo que hacen y han hecho siempre: sobrevivir y angustiarse.
“Millones de alaridos revientan al unísono y todo el arte del mundo no alcanza para aplacar la angustia vociferante de tantas criaturas olvidadas por el Señor”, escribe un autor hermosillense increíblemente apuesto en una novela que espera ver la luz el próximo año (guiño, guiño).
En lo personal, aún difundida en televisión abierta y en horario estelar toda la cultura y arte humanista de la historia, creo que los hombres seguirán levantándose por la mañana para hacer lo que hacen y han hecho siempre: ser unos verdaderos cretinos y apuntarse con el dedo.
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