“Todas las familias felices se parecen entre sí, pero cada familia desdichada lo es a su manera”, escribió Tolstoi logrando así explicar el interés que existe por la infelicidad y el conflicto, al menos en la creación artística.
Y ahora con Los Fabelman (Steven Spielberg, 2022) su autor hace una reinterpretación de dicha sentencia al enlazarla a una historia que revela el origen personal —real y ficcionado a partes iguales— del joven Steven y su pasión por el cine.
Por ver cine y, en Los Fabelman, por hacer cine.
Todo inicia en 1952, cuando el pequeño Sammy (Mateo Zoryan) acude al cinema por primera vez y se enamora sin remedio de El espectáculo más grande del mundo (Cecil B. de Mille, 1952) y a partir de esa epifanía su mundo cambia por completo; su padre, Burt (Paul Dano), es realista y pragmático, mientras que Mitzy (Michelle Williams) es una madre que reconoce el talento donde esté y Bernie (Seth Rogen) completa como tío honorario un conspicuo triángulo adulto.
Así, aunque los encuadres de Los Fabelman presentan vínculos evidentes con el estilo pictórico de Norman Rockwell, la trama avanza a hasta que Sammy llega a la adolescencia (Gabriel Labelle) y, cámara en mano, se convierte en el depositario de un secreto que lo llevará a enfrentar a su desdichada madre y responderse con honestidad a la pregunta sembrada por el estridente Tío Boris (Judd Hirsch): ¿quién soy yo?
No es la primera vez que llega a la pantalla el manifiesto de aquel que decide contarnos cómo se convirtió en amante del cinematógrafo, ahí están Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988), Ed Wood (Tim Burton, 1994) y Amarcord (Federico Fellini, 1973). Todas tienen un mismo sentido: son confesión íntima que relata cómo fue el camino que se siguió para amar al cine y empezar a hacerlo.
Sin embargo, la diferencia con Los Fabelman está en la decisión, muy a lo Spielberg, por defender al espíritu creativo como la fortaleza que nos impulsa a evadir las amenazas del mundo real: nada importa más que el arte. Por eso los problemas de la sociedad norteamericana durante los sesenta no aparecen, sólo el antisemitismo, será el bullying a vencer.
No hay que regatearle a Spielberg su capacidad narrativa cuando aprovecha sólo las imágenes: es un constante homenaje al cine mudo —las cámaras Super 8 no contaban con sonido—, o bien, al arrojar atisbos a la verdad, como ese encuentro con John Ford (David Lynch) relatado en ocasiones por el propio Spielberg y, claro, los nexos hacia sus cintas más celebradas.
Mi primera película fue un reestreno en cine de Fantasía (Walt Disney, 1940) y no olvido cómo la secuencia de Mickey Mouse en El aprendiz de brujo trastocó mi vida para siempre. Tenía sólo 5 años. Desde entonces amo el cine. Y eso no es de Tolstoi, debe ser de Freud.
Qué leer antes o después de la función
Lengua Dormida, de Franco Félix. Quizás el autor más destacado de Sonora, a punto de tomar al mundo en sus manos. Estamos ante un relato de amor de un hijo hacia su madre entre la culpa, la melancolía y la redención imposible al descubrirse un secreto devastador.
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