La demagogia populista con tintes autoritarios ha resurgido: el Capitolio de Estados Unidos fue asaltado por un grupo de supremacistas blancos, Israel y Palestina han retomado las armas en sus conflictos milenarios, Rusia ha vuelto a sus prácticas militares para invadir Ucrania, y Latinoamérica ha agudizado sus vicios democráticos, empoderando a gobernantes negligentes, polémicos e ignorantes. En el fondo, existe un profundo descontento con el sistema reinante. Querido lector, la interrogante que plantea mi turbulento pensamiento es: ¿Las democracias liberales están en crisis?
El sueño de una democracia liberal, plural, constitucional y que promueva la libertad se desdibuja. El descontento democrático aumenta, y las tendencias autoritarias son avaladas por naciones que sienten que el rumbo de las fuerzas que gobiernan se ha perdido. La acedia y la ansiedad social incrementan por dos razones: se ha desgastado el autogobierno y el sentido de comunidad se erosiona. Los ideales que se cimentaron para la consolidación de las democracias liberales desde el siglo XVIII están siendo cuestionados. La visión de un mundo capitalista, globalizado, pacífico y con gobiernos equilibrados que priorizan la libertad individual pierde fiabilidad.
Kant argumentaba en su obra “La Paz Perpetua” que la promoción del concepto de dignidad humana en los diversos sistemas políticos, el resguardo a la vida como primer derecho fundamental y la colaboración entre países para la construcción de un mundo mejor terminarían por completo con la hostilidad y la guerra hacia otras comunidades vulnerables. Los abusos de poder serían contrarrestados con instituciones ciudadanas que velarían por el interés de los civiles. Sin embargo, la realidad supera a la ficción y, a pesar del triunfo del liberalismo ante el bloque soviético en 1989, las promesas utópicas de un mundo liberado, colaborativo y ecuánime se rompieron por diversas razones.
Los efectos colaterales de la globalización y la evolución de las tecnologías generaron que los sistemas de gobierno perdieran el arbitraje sobre los poderes económicos y la capacidad de impartir justicia contra aquellos que abusan del individuo. Las redes sociales difícilmente pueden ser legisladas para proveer justicia en los espacios digitales de acceso público. Los abusos y la manipulación dirigidos al individuo aumentaron con novedosas formas en las nuevas tecnologías, desestabilizando los gobiernos. El discurso antisistema y apolítico se empodera, la protección de la privacidad se ve afectada por la big data, la era de la postverdad se alza con técnicas de manipulación sofisticadas que permiten la viralización de fake news, la política incursiona en un desconocido espacio público dominado por hackers y cibernautas, la realidad se desvanece en lo artificial y el sentido colectivo se difumina ante una excesiva exaltación del deseo individual. Los gobiernos se ven sobrepasados por la anarquía que reina en distintas comunidades virtuales, y la esperanza en los ideales democráticos decae porque los sistemas políticos y económicos han perdido la capacidad de dar soluciones a las sofisticadas problemáticas que subyacen en los recientes fenómenos sociales. En pocas palabras, los gobiernos democráticos liberales están sobrepasados por los nacientes hechos sociales.
Aunado a estas circunstancias, el sistema económico capitalista y liberal olvidó su sentido comunitario, dejando a muchos individuos fuera del acceso al capital. Aquellos que han perdido las posibilidades de beneficiarse por el mercado global se rebelan, buscando a falsos mesías que exaltan la victimización de los perdedores y prometen la extinción de los ganadores. Es una verdad innegable que en Occidente el progreso económico no ha podido atender las problemáticas de los olvidados, quienes caen en la trampa de buscar soluciones mágicas en populistas reduccionistas que alimentan con palabras y no con acciones los supuestos remedios a estas problemáticas.
La tendencia de las democracias iliberales y simuladas se ha empezado a posicionar entre los demagogos. Este tipo de democracia cae en la eterna falacia dialéctica que contrapone el sentido individual del colectivo, el individuo de la sociedad, la libertad de la igualdad. Dejan de priorizar y menosprecian la libertad como valor supremo en la organización social, con la finalidad de justificar el empoderamiento del Estado en pro del colectivo. Ante la crisis de autogobierno, consideran que el gobierno debe ser empoderado aunque atropelle las garantías individuales, con la finalidad de controlar el mercado y, en la actualidad, las redes sociales.
La historia nos enseña que cuando el Estado adquiere un sistema autocrático simulado en democracia, se empodera de tal manera que deja al individuo desprotegido ante los abusos del poder. Las democracias liberales lucharon por el reconocimiento de los derechos sociales con la construcción de un sistema plural para evitar que las fuerzas estatales cometieran injusticias. El problema es que la existencia de un Estado mínimo para garantizar las necesidades básicas implicó la pérdida del ejercicio de la justicia ante las redes sociales y la complejidad de un sistema mercantilista globalizado, por lo que el caos se impregnó de tal manera que empezó a afectar el orden social. La respuesta a esa crisis está siendo extremista: empoderar de nuevo a los Estados desplazando al individuo.
Lo que está en riesgo en los procesos electorales mundiales próximos es la concepción del sistema político. Los críticos radicales de la democracia liberal han propuesto un modelo opuesto, la democracia iliberal, en el que la libertad individual es amenazada para que los gobernantes adquieran más poder. En su mayoría, los promotores de estas prácticas son populistas. Su finalidad es promover medidas extremas que prometen beneficiar a los vulnerados por medio de un discurso polarizante. Para lograr acceder al poder, atacan y desestiman a las instituciones democráticas, porque la mejor forma de debilitar a una democracia liberal es generar apatía, sedentarismo y enojo hasta que se desconfíe plenamente en las instituciones autónomas que nacieron para protegernos de los abusos de aquellos enfermos de poder que caprichosamente quieren decidir a su merced el sentido de todo un pueblo. Sus delirios de grandeza y su excesivo narcisismo les hacen creer que solo ellos saben lo que el pueblo necesita y por ello autoproclaman al estilo de Luis XIV: “la democracia soy yo”.
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