La Licenciatura en Literaturas Hispánicas de la Universidad de Sonora se encuentra en medio de un gran festejo, luego de cumplir el hito de los 60 años impulsando el conocimiento, el estudio de la literatura y desarrollo de profesionales de las letras, además de la producción y promoción cultural.
Con un conversatorio es como celebraron 6 décadas de intensa labor y lo coronaron con una ceremonia encabezada por la rectora del Alma Máter: María Rita Plancarte Martínez, en el jardín del Departamento de Letras y Lingüística, que lució con todos los participantes y autoridades universitarias, además de representantes del Instituto Sonorense de Cultura.
Consolidándose como una de las escuelas más emblemáticas de la Universidad ha atravesado por diferentes etapas, ya que en un inicio su nombre nombre era sencillamente el de “Escuela de Letras”, pero en 1978 se cambió a Departamento de Humanidades y, en 1991, se nombró Departamento de Letras y Lingüística, como se conoce actualmente.
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Los orígenes de la Escuela de Letras
La Universidad de Sonora fue fundada en 1942 y ha ido evolucionando con los años y en el caso de la escuela que está de festejo en su primera etapa nació bajo el nombre de Escuela de Altos Estudios en 1964 y contaba con tres carreras: Física, Letras y Matemáticas, así fue como iniciaron actividades con las primeras generaciones de estudiantes.
Esta escuela ha pasado por tres grandes etapas históricas, cada una de ellas correspondiente a un momento diferente de cambio en cuanto a los estatutos meramente académicos, donde se han realizado ajustes en el programa, buscando siempre ofrecerles las mejores herramientas a los estudiantes para desarrollarse como profesionales.
Fue en 1978 cuando se realiza el primer cambio sustancial, en esta segunda etapa se presenta un sistema departamental y se convierte en el Departamento de Humanidades con dos licenciaturas: la Licenciatura en Literaturas Hispánicas y la Licenciatura en Lingüística y finalmente en 1991, con la”Ley 4” el departamento queda adscrito a la División de Humanidades y Bellas Artes, tal y como se encuentra a la fecha.
Testimonio de un egresado de Letras:
‘Morir de hambre en Letras’ de Iván Ballesteros Rojo
A mí ya no me tocó la Escuela de Altos Estudios. Desde la primera vez que entré a este recinto se me dijo que aquí era Letras. Me encanta que un lugar sea reconocido así: Letras. Como si el edificio funcionara igual que un libro y todos aquí, justo en este momento, fuéramos parte de una oración en ese libro, de una escritura que nos engloba, que nos atrapa en este jardín y entre estas paredes. Todas y todos aquí, personas de Letras. Escrituras que se van sucediendo, pasándose en limpio generación tras generación.
¿Soy? ¿fui? de la generación que inauguró el siglo: la 2000. ¡Es increíble que hayan pasado dos décadas y media desde entonces! Pero más increíble aún es que este lugar me haya marcado tanto. Soy de aquí, de una oración que se desprende de la historia de este lugar. Cada que entro a este pequeño monasterio, en realidad ingreso a los momentos más entrañables de mi propia historia.
Cuando salí de la preparatoria no tuve la valentía de ingresar a Letras, aunque quería. Porque, claro, me decían, y estoy seguro de que lo siguen diciendo todavía: “¿Cómo te vas a meter a Letras?”, y después sentenciaban: “te vas a morir de hambre.” Supongo que la mala fama que tiene el estudio de las artes en general, y más aún en nuestros tiempos de enfermiza productividad, se viene arrastrando desde La divina comedia y la advertencia que se lee en la entrada del infierno: “Abandonad toda esperanza quienes aquí entráis”.
En fin, que no entré a Letras porque le creí a mi familia y a mis amigos: moriría de inanición irremediablemente. Porque Letras no me aseguraba, como si algo lo hiciera, un futuro. Entré a la licenciatura en Administración de Empresas Turísticas. ¡Duré cinco semestres de turista en una carrera que no era la mía! Aunque me la pasaba bomba en aquella escuela, me sentía fuera de lugar. Por aquellos días no era, ni mucho menos, un lector educado. Creía que, por haber leído a Hermann Hesse, las novelas de la distopía, a Tom Sawyer y a Jaime Sabines ya era un lector experto. Luego escribía poemas ridículamente cursis.
Tenía el desatino de pensar que en aquellos versos había algo de valor artístico. Y en las clases de contabilidad hotelera pensaba en los libros que leía. Y en las clases de coctelería pensaba en la escritura de mis ridículos poemas. Y en la clase de gastronomía pensaba en este lugar, en Letras. En estar aquí. Como si el edificio mismo me llamara cada que venía a las funciones del Cineclub Primera Toma.
Recuerdo perfectamente el momento en el que tomé la decisión: moriré de hambre, como esos artistas kafkianos que terminan su acto, su vida, sin ningún tipo de recompensa. Moriré de hambre, pero seré valiente. Salí de ver la película “La última tentación de Cristo” y me encontré en estos pasillos a un amigo de la preparatoria, un amigo que conocía desde la infancia y que estudiaba aquí (lo extraño del destino, él nunca terminaría la carrera). El ambiente, las conversaciones. Mi amigo me presentó con sus compañeros. Entré a una clase de oyente con el maestro, una leyenda de esta escuela, Völker. En la clase analizaban el cuento “La dama y el perrito” de Chejov. Quedé, como dicen los españoles, flipando. Luego, afuera, se escuchaban tambores que parecían acompasar la pronunciación extraña del castellano que se manejaba el maestro Völker.
Tambores que hacían una música nueva, involuntaria. Afuera, en lo que ahora es un lugar poblado de mesas y bancas, había un jardín. Un espacio que se nutría de juventudes alternativas que venían de quién sabe dónde. Chicas y chicos que cantaban todo el rato, mientras adentro, en las aulas, tenían lugar conversaciones profundas sobre obras literarias.
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Después de ese día, de ese tour por Letras, decidí hacer mi huelga personal de hambre y me inscribí a la Licenciatura en Literaturas Hispánicas. Dentro de tantas decisiones erradas que he tomado en mi vida, la de convertirme en una oración más escrita en la amplia historia de este lugar ha sido una de las que no me arrepiento para nada. Morir de hambre, morir de Letras, ha valido la pena.
*Texto leído el 04 de marzo del 2024 en el Jardín de Letras de la Universidad de Sonora. En el 60 aniversario de la Licenciatura en Literaturas Hispánicas.
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