En honor al magnífico Miguel Ángel Granados Chapa que me deleitó con sus últimas palabras escritas en vida y que desde su partida he intentado seguir su gran consejo que ha sido consagrado para la eternidad por la belleza de las letras: “Es deseable que el espíritu impulse a la música y otras artes y ciencias y otras formas de hacer que renazca la vida, permitan a nuestro país escapar de la pudrición que no es destino inexorable. Sé que es un deseo pueril, pero en él creo, pues he visto que esa mutación se concrete. Esta es la última vez en que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós.”
Con su habitual elocuencia, el aspirante a la senaduría del estado de Sonora, Manlio Fabio Beltrones, se registró para retomar la senda que alguna vez lo llevó a los altos mandos del poder. Para comprender su figura es necesario entender sus raíces, dignas de una novela. Hablar de Beltrones es hablar de un personaje polémico, complejo como sus orígenes, con raíces yaquis –pueblo indomable– y vascas–personas de pocas palabras que dominan la práctica del silencio–; educado en el nacionalismo revolucionario diseñado por Obregón e institucionalizado por Calles –mismo que Andrés Manuel exacerba en su discurso–, de carácter vigoroso, bronco, pero sencillo (como buen sonorense), con una locuacidad incomparable y una gran habilidad política, su personalidad refleja lo que es su ascendencia. Manlio es un torbellino calmado, un apasionado que no pierde los estribos y un reformador paciente. Se autodenomina hacedor de cosas buenas y un experto en lograr acuerdos. Con esas dos banderas ha vuelto a la vida pública que había abandonado en 2016.
Regresa para sentarse de nuevo en el parlamento con la intención de concretar un proyecto de nación que pocos lo entendieron hace unos años y del que lo privaron personajes como Peña Nieto. Enrique Peña Nieto no vio en ese ideal una solución para las crisis que vivían los partidos, sino una medalla para su contendiente acérrimo por la candidatura presidencial, por ello frenó la maravillosa propuesta que te narraré en este texto.
La última visión política que trabajó el sonorense para México fue una genialidad. Variantes externas no le permitieron llevarla a cabo en la cámara, el país atravesaba por un momento de incertidumbre y riñas internas. Tan interesante era su plan que fue defendido y elogiado por intelectuales del nivel de Miguel Ángel Granados Chapa –el pueblo extraña esas cabezas y plumas que dominaron con belleza el arte del ensayo literario porque entendían la complejidad de la realidad y de la política, y hacían una crítica desde los fenómenos mexicanos y no desde emociones banales–. Beltrones trabajó en una idea original que se remonta a los orígenes de cualquier sociedad. Hace muchos años ya la había defendido y pensado, el maestro de la juventud, José Vasconcelos. Ese concepto no se concretó y perdió relevancia en 2011. Las causas fueron múltiples: la transición política no se materializaba como se esperaba y existía un crecimiento exponencial del crimen organizado. Esa gran propuesta que se enterró hace unos años y que Beltrones quiere hacer resurgir para completar su trayectoria legislativa, querido lector, se llama: gobiernos de coalición.
El gobierno de coalición que impulsó el senador a principios de la década pasada no es similar al que realizó el Frente. Las coaliciones que propuso Beltrones no se reducían a un aspecto jurídico y electoral, eran algo profundo, no se quedaban en la superficialidad de las formas, sino que tocaban la esencia de la política para fomentarla en la ciudadanía. El país se preparaba para ejercer la política de a pie. Manlio captó, en su afán de democratizar a la nación, que sólo habían logrado formalizar el aspecto de las elecciones libres, faltaba por recorrer un largo camino para hacer del estado mexicano una democracia funcional que tiene como objetivo civilizar a la política. Su idea de coaliciones lograría impulsar la renovación de la política bajándola hasta los ciudadanos para construir una nación nutrida de diversas ideas que permitirían acuerdos para el desarrollo plural de la sociedad.
El exgobernador de Sonora sabía que esas coaliciones no podían estar compuestas por aquellos que sólo velan por su interés personal, la clave para concluir su plan era la inmersión de la ciudadanía en el ejercicio político. El problema en ese momento radicaba en que las coaliciones existentes en el país eran parte de estrategias electorales para obtener triunfos y repartirse puestos en el poder. Manlio lo entendió y por ello presentó una propuesta de reforma que incluía la idea de civilizar la política: hacer que los ciudadanos participen en esas coaliciones.
La coalición que defiende Beltrones no es la caricatura que nos venden los líderes partidarios de hoy, no son las alianzas de grupos de poder como el PRIANPRD ni el MORENAPTPV, etc., sino una integración de responsabilidades en el ejercicio político entre los distintos representantes de organismos autónomos, ciudadanos y funcionarios públicos que permitan construir leyes y que sean ejecutadas a través de la confianza, el diálogo y el acuerdo. La genialidad de su reforma es que intenta llevar a la democracia mexicana a otro nivel superando de una vez por todas el nacionalismo revolucionario que tanto añora el Presidente. Su estrategia es incluir a los ciudadanos en el mejoramiento necesario que merece la nación y en la construcción de una identidad que nos permita recobrar nuestro espíritu, nuestra voluntad popular.
Beltrones y López Obrador fueron formados bajo los mismos estatutos y en la misma universidad, tienen más en común de lo que uno podría creer. Los dos entienden que los neoliberales fallaron por su obsesión tecnócrata y su desprecio al romanticismo de la identidad nacional que tanto los alejaron del pueblo mexicano. Error por el que fueron castigados en las votaciones de 2018. Beltrones es el equilibrio entre esos problemas, puede ayudar a redefinir qué es lo mejor para el mexicano dejando atrás la melancolía de una época superada. El mandatario federal con su movimiento ha optado por tomar otro camino, se aferró al pasado tratándolo de traer de vuelta.
El discurso les funcionó a Amlo y a Morena por un acierto notable: tuvieron la habilidad de prever una tragedia que el salinismo olvidó visualizar. Andrés Manuel sabía que la clase política estaba alejando al pueblo de la participación. Estos actores políticos que obtuvieron el poder con Salinas lograron reformas, pero no fueron conscientes, en su afán por llevar a México al primer mundo, de que estaban despojando al pueblo de su alma porque intentaban hacer que el país avanzará en lo económico, pero se olvidaron de darle protagonismo al mexicano de a pie en la acción social. Su gran error radicó en negarse a explicarnos pedagógicamente lo que significaba la mexicanidad en el contexto de la globalización y del neoliberalismo. Avanzaron sin nosotros y, a veces, a costa de nosotros.
Beltrones lo sabe, pero en vez de engancharse con el pasado quiere construir una tercer vía, al igual que su colega y compañero: Dante Delgado. La alternativa consiste en generar verdaderas coaliciones ciudadanas para integrar al mexicano superando la vieja visión de la política partidista. A diferencia del exgobernador de Veracruz, el sonorense no lo puede hacer a través de un nuevo partido disfrazado de movimiento, sino de la implosión de los distintos partidos en coaliciones funcionales que suban al barco a muchos ciudadanos y funcionarios.
Aunque no lo crean, en la esencia de Manlio está la pluralidad. Al estilo obregonista a Beltrones le gusta rodearse de todo tipo de personajes interesantes: de jóvenes, intelectuales, influencers, médicos, obreros, periodistas, artistas, poetas, campesinos, entre otros. Le encanta platicar con ellos y escucharlos en ambientes informales porque entiende que, de las mentes críticas, analíticas y brillantes de la sociedad civil vienen miles de ideas más valiosas que las aportaciones de los operadores políticos enfermos de poder que lo persiguen para morder un hueso. Manlio admira a las personas auténticas, celebra el ingenio, le gusta dialogar con la sabiduría popular y la academia. Su comportamiento es el mismo entre el pueblo, los jóvenes, los empresarios y los académicos. Culto, pero con los pies en la tierra, un idealista pragmático que se mantiene vigente. Lee en todas las personas sus cualidades, aprende de ellas y las aprovecha para ponerlas en práctica. No es de extrañar que tenga tantos amigos de tan diversos contextos y profesiones. De ese gozo que le generan las relaciones humanas, nace su ingenio y su capacidad de renovar su pensamiento. Beltrones es un dinosaurio pero que deja atrás a los meteoritos y busca las formas de renovar al resto del reino animal. Es un estadista fuerte que sabe reformarse y que puede volver al Senado para ayudar a concretar los verdaderos gobiernos de coalición.
Me encantaría verlo dándoles una cátedra a todos aquellos que no han tenido la capacidad de hacer que las cosas buenas pasen en el país porque como dijo Vasconcelos hace décadas: “ya es tiempo que aparezca el maestro no experimentador sino el experimentado, capaz de llevar adelante un plan preciso, aunque con flexibilidad y la inspiración propios del que domina su tarea y crece al cumplirla.”
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