“Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos. Hoy es uno de esos días”. (Ernesto Sábato)
Durante mi existencia, de más de cien años, muchas veces detuve mi caminar para observar mi entorno y hoy, ya vacío, me percato de algo que me permite valorar coyunturas y a personas que me dejaron grandes aprendizajes. Así ahora aprecio situaciones que me conducen a reflexionar.
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Escucho el silencio, el viento que sopla por doquier, las personas ya no transitan, no hay pasos ni voces que se entrelacen entre la alegría, el llanto y demás emociones. Viví muchos años conteniendo a las personas que me visitaban, para apoyarlas y acompañarlas a recuperar su salud integral; me alegré y entristecí cuando así correspondía. Muchos me recordarán como un lugar donde se congregaban personas de todo tipo, donde se entrelazaban historias de dolor, alegría o tristeza. Claro, también me sorprendieron los logros de quienes llegaban buscando consuelo a sus padecimientos.
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Cuando comparto esto recorro cada lugar e historia vivida. Mi recinto contiene miles de momentos, que fueron impregnándose en cada sitio, que resuenan en este momento que estoy solo, frío, sin ruido, sin nadie que llene mis espacios. Durante meses pensé en muchas cosas, por ejemplo, qué pasará conmigo después de tantas vivencias, rediseños y de haber sido testigo de encuentros, que estimularon el crecimiento y desarrollo de tantas personas.
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Cada día siento que pierdo la esperanza, soy refugio de algunas personas que deambulan por la calle. En ocasiones me vigilan y cuidan que no me deteriore. ¿Será cierto que me transformarán en un lugar significativo? Es larga la espera, y tan corto el olvido. Ahora ya no recibo visitas, siento que la soledad me acosa fuerte, y socaba mi esperanza de continuar con vida. Recuerdo todos los servicios que ofrecí en el trayecto de mi existencia. ¿Dónde quedo todo eso? También recuerdo a quienes se acercaban a apoyar a otros que aguardaban mis servicios, o esperando que los suyos tuvieran un alivio oportuno a sus dolencias. Muchas veces me sentí frustrado porque no pude ofrecer todos los servicios, la atención oportuna y los recursos necesarios para aliviar padecimientos recurrentes o extraños. Hasta las aves me han abandonado, no escucho su gorjear como antes. También extraño a la llorona que avisaba su arribo, en ocasiones me estresaba porque no sabía con certeza lo que sucedería. Viví dolor, alegría, tristeza, esperanza y puedo decir que algunos milagros.
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Llegó el final, hubo fiesta de despedida, algunos lloraron de emoción por el cambio y otros llenos de nostalgia agradecieron lo que les ofrecí todos estos años. Siento mi paso cansado, mi cuerpo resistiéndose a dejar de existir. Siento frío, soledad, tristeza y abandono. Sin embargo, lo que me mantiene vivo es el recuerdo de haber sido testigo de muchas generaciones que vivieron múltiples experiencias conmigo.
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Tengo la esperanza de transformarme para continuar mi labor de formación de personas orientadas a cuidar la salud integral de otras. En conclusión, como hospital general quiero ser parte de una misión: “Contribuir a la salud y el bienestar de cada paciente, al proveer los cuidados necesarios por medio de modelos de atención integradora, y la formación de profesionales de la salud que sean líderes en las diferentes áreas de las ciencias de la salud”.
Y, como dice Ernesto Sábato: “Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos. Hoy es uno de esos días”.
Gracias, gracias, gracias le doy al hoy antiguo Hospital General del Estado de Sonora, ubicado en bulevar Luis Encinas Johnson S/N, colonia San Benito, 83000, de Hermosillo, Sonora.
Por un mundo de esperanza y paz. Buen fin de semana. Año 2024
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