El viento continúa soplando, y estoy atendiendo al llamado de la soledad creativa.
Después de comer emprendí una caminata. El aire soplaba y las ramas de los árboles danzaban suavemente. Había niños y adolescentes jugando en la cancha cercana a casa, y percibí el olor a pan recién horneado. Algunas veces me ha seducido ese perfume maravilloso, y luego justifico la compañía de un delicioso café.
Al caminar por la calle saludé a algunos vecinos, también vi a los vendedores ambulantes que se preparaban para ofrecer sus viandas. Miré a los chicos que regresaban a sus casas, después de la escuela. Jugueteaban, hacían bromas, corrían detrás de algún compañero para quitarle la mochila o solicitarle compartir lo que comía.
Esto me transportó a la época en que vivía mi sueño de continuar estudiando; cuando salí de mi ciudad natal para cursar la preparatoria. Elegir y decidir a los quince años no fue fácil, sin embargo, el valor y la determinación me impulsaron a volar. Me alejé de mis padres, hermanos, del terruño y los lugares conocidos. Los sueños que se forjaron allá y entonces viajaron conmigo con un profundo sentido de trascendencia. Viví en varias ciudades para transformar ese sueño en realidad. En esos lugares conocí compañeros y amigos, que también buscaban cumplir sus sueños.
Durante mis caminatas de entonces encontré personas absortas en la lectura, algunas somnolientas, otras sumidas en su mundo y quienes no hablaban con nadie. Recorrí calles, plazas, librerías y restaurantes para distraerme. En ocasiones charlaba con alguien, en otras platicaba con la soledad. Ella nos permite hablar con nosotros mismos, es invisible, pero se siente su presencia. En ocasiones es fría, distante, difícil, pesada, mala compañía y plena en el silencio. También puede estar solícita para la creatividad, plena en el contacto, amiga inusual y colmada de entrega y libertad para darse totalmente. Puede ser una compañera imperturbable en el día o la noche, y sin importar la hora, puede llegar sigilosa y apoderarse de nosotros. Tampoco le importa la estación del año, si hace frío o calor. Está presta a abrazarnos en cualquier momento y lugar.
La busco porque me resulta gratificante estar con ella, escuchar su silencio, y cómo fluyen mis ideas cuando cierro los ojos para apreciar todo lo que puede aportar. Suelo acompañarle, con decisión, determinación, una taza de café y el vaivén de emociones y sentimientos que se enlazan para fluir como un río. No tengo preguntas ni respuesta alguna, me entrego a disfrutarla en el momento presente y soy parte del entorno que nutre. A veces la llevo a ciertos lugares donde la meditación y relajación se entrelazan. Esto me proporciona placer, y me complace percatarme de que es una compañera, amiga y amante confiable.
Cuando el sol empezó su retirada regresé a casa, sentí la humedad de los jardines y el perfume de los panes y pastelillos, que se antojaban en compañía de un suculento cafecito. Necesito repetir esta caminata cada día porque así se ejercita mi cerebro, la observación, la escucha y las acuciosas preguntas que surgen en ese encuentro con el entorno.
Ahora recuerdo a Robert Frost: “Delante de mí había dos caminos. Yo elegí el menos recorrido, y así fue todo muy distinto”. Concluyo que es preciso luchar por mis sueños, aunque en ocasiones el camino para lograrlos parezca difícil e incierto. Abriga la soledad y desánimo, porque la cuesta está empinada, rocosa y llena de ramas que lastiman al andar.
Ahora me reuniré con amigos para estimular el crecimiento personal, y disfrutar así la alegría de vivir juntos la experiencia de gratitud. El hombre que no honra su lugar de origen no se honra a sí mismo.
Un abrazo. Que sea un buen fin de semana.
Por un mundo de confianza y esperanza. Buen fin de semana…
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