Hollywood no existe. Es sólo el nombre de un distrito urbano en Los Ángeles, California. Sin embargo, se ha convertido en metonimia universal al establecer su asociación con todas las actividades de la producción cinematográfica norteamericana, industria con mayor visibilidad en el planeta. Hollywood es la meca del cine, decimos.
En cambio, Babilonia, es historia. Y debe su fama, o más bien, su infamia a pantocráticos pasajes bíblicos. Por eso, Babilonia es el pecado, la idolatría, el vicio, la molicia y la aberración.
Es así como ha llegado el momento para confirmar que Hollywood tiene un origen babilónico.
Babylon (Demian Chazelle, 2022) es una película excesiva, frenética y de vértigo. Inicia desde el furor y la bacanal, pero concluye con el arrepentimiento y la nostalgia; corre a partir del desenfreno y la irreverencia hasta llegar al homenaje hierático. Es radical. Es contradictoria. Es una declaración amorosa.
Y son tantos los vínculos que celebra con el cine silente que puede resultar agobiante: Jack Conrad (Brad Pitt) es un primer actor, reconocido pero decadente; Nellie LaRoy (Margot Robbie) asciende de manera meteórica en las películas gracias a su desenfado y potencia sexual; Manny Torres (Diego Calva) llega a ser ejecutivo de los estudios negando o explotando —a conveniencia— su origen mexicano.
Y, con menor protagonismo, Babylon sigue a Sidney Palmer (Jovan Adepo), músico genial cuya presencia en el paso al cine sonoro le asegura un camino que desafiará su negra dignidad de raza, y también está la enigmática Lady Fay Zhu (Li Yun Li), quien explota su profundo lesbianismo con toda liviandad, a lo Marlene Dietrich.
Así, Babylon es una película coral donde seremos testigos de los ascensos y descensos de esta turba que forma la cabeza de la hidra avanzando a ritmo de jazz para ejecutar —cada uno a su muy particular manera— el paso de la muerte: del cine mudo al sonoro.
Por supuesto, es posible identificar a personajes reales que sirven de inspiración a los recreados en esta cinta, sean o no de la época silente. La tragedia de Fat Arbuckle, la familia disfuncional de Marilyn Monroe, los nexos de Hollywood con la mafia por la droga —de sobresalto la secuencia concedida a Tobey McGuire y su viaje al infierno de Dante— así como el papel de ejecutivos, técnicos y obreros con un solo objetivo: crear la magia del cine.
El grand finale de Babylon es, quizás, una de las mejores retrospectivas para presentar la historia del cine, de ese cine que ha cincelado su impronta en nuestra memoria. Ese cine que nos emociona. Como cuando hacemos una declaración amorosa.
Babylon es como Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen, 1952), pero a lo bestia.
Qué leer antes o después de la función.
El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. Publicada por primera vez en 1925, es sin duda, una de las mejores novelas norteamericanas del siglo XX. Con una prosa maravillosa explora la decadencia, el exceso, la obsesión amorosa y una oscura advertencia sobre la naturaleza humana: ¿Por qué nos sentimos empujados de destruir lo hermoso?
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