A medida que el año académico llega a su fin, los estudiantes se encuentran en el umbral de una situación singular: el cierre del semestre. Más allá de los suspiros colectivos de alivio y de los preparativos para tomar un merecido descanso, hay un aspecto crucial que exige reflexión: la relevancia de aplicar todo lo aprendido a lo largo del curso.
En el caso particular de los estudiantes de las ciencias biológicas, que es en donde me desempeño, cada carrera tiene su perfil completamente definido, no obstante, a pesar de las diferencias, todas las carreras que esta área engloba coinciden en la importancia de unir lo teórico con lo práctico, el aula con el laboratorio.
Desde la biología molecular hasta la ecología, los estudiantes se han adentrado en el funcionamiento complejo de la vida en todas sus formas y es precisamente en esta temporada en donde se presenta el verdadero reto: la aplicación de los conocimientos adquiridos.
Uno de los principales objetivos de la enseñanza de las ciencias biológicas es dotar a los estudiantes de las herramientas necesarias para descifrar las complejidades del mundo vivo y como en cualquier profesión, no se trata simplemente de memorizar hechos y cifras, sino de comprender los principios y mecanismos que rigen la vida.
Al finalizar el semestre, los alumnos tienen la oportunidad de pasar de ser receptores pasivos de información a participantes activos en el proceso científico. Además, el final del semestre representa ese momento en el que se busca que los estudiantes hagan el ejercicio de unir todos los conocimientos de sus diferentes asignaturas; conceptos que antes parecían aislados unos de otros en cursos individuales como genética, fisiología y biología molecular, se funden ahora en una comprensión global de las ciencias de la vida. Los estudiantes empiezan a ser testigos de la naturaleza interdisciplinar de la biología, dándose cuenta de cómo cada faceta contribuye a una comprensión más amplia del conocimiento biológico y como docente es verdaderamente gratificante percatarse de ello.
Por otra parte, además de los desafíos académicos, recientemente ha sido más recurrente, en el mejor de los casos, la expresión de los estudiantes de sus inquietudes de diversos aspectos que sienten que pueden influir en su crecimiento personal y desempeño académico. De lo que me ha tocado escuchar u observar es la duda de si eligieron correctamente su carrera y más que nada su inquietud va en la mayoría de los casos porque personas presentes en su entorno desconocen el alcance de las profesiones relacionadas a las ciencias de la salud y sus comentarios suelen ser desatinados desalentando a los jóvenes y es ahí donde el motivarlos y canalizarlos con la o las personas o espacios competentes es crucial para que despejen sus dudas y continúen adelante con lo que eligieron o tomen la decisión que los lleve por el camino que sea mejor para ellos.
Lo anterior también va de la mano con otro punto que es señalado a la juventud actual: la resistencia baja a la frustración. Lo anterior puede deberse al auge de la cultura de la gratificación instantánea, el miedo al fracaso, la falta de experiencias que les permita desarrollar la resiliencia, desconocimiento del mundo real en cuanto a la profesión en la que eligieron prepararse, el no enfocarse o no tener claro lo que se quiere o a donde se va y un conflicto ante las figuras de autoridad. Como académicos, lo que se puede hacer para ayudar a los estudiantes es fomentar una mentalidad de crecimiento, presentarles la situación actual y lo retos que pueden presentarse en su profesión, explicarles la importancia de la adquisición y saber aplicar los conocimientos mediante casos prácticos y experiencias personales así como asesoramiento, fomentar una cultura de salud integral y dirigirlo, según el caso, a las instancias que permitirán aún más su desenvolvimiento y crecimiento en este mundo que cada vez va más rápido y es más desafiante.
Buen fin de semana.
Lea el artículo completo aquí.



