Una cuesta arriba, un patio lleno de sombras y tres máquinas de escribir convertidas en maceteros, es la bienvenida a la biblioteca La bahía del silencio de don Óscar Monroy Rivera, ubicada en Nogales, Sonora.
Hago el recorrido con la guía de su hijo, el fotógrafo Óscar Monroy Ávila y de la esposa de don Óscar, la señora María Guadalupe Elena Ávila Aguirre. A sus noventa años tiene una memoria privilegiada y es la única testigo de la hazaña de Monroy Rivera. Estuvo cerca del centenar de proyectos literarios que tuvo su esposo. Es testigo de la construcción de esa biblioteca y fiel custodia de la memoria de su compañero.
Los anaqueles son altos y guardan libros en toda su extensión. En cada esquina y repisa hay fotografías de autores que él admiraba o imágenes suyas en momentos claves de su vida: sentado escribiendo con su esposa detrás embarazada de su primer hijo, declamando un poema en un recinto oficial en la Ciudad de México o saludando a Facundo Cabral.
La mitad de la biblioteca la ocupan libros suyos que se distinguen por los colores de las portadas de la conocida editorial Pimería Alta Pro Arte y Cultura A.C., en donde publicó casi toda su producción literaria. Con la venta de un título pagaba la impresión del siguiente. Imprimía en la Ciudad de México, pero después se los traía a Nogales para vender. En todas las bibliotecas de Sonora podemos encontrar por lo menos uno de sus libros.
¿Cuántos libros escribió? Insisto en preguntar sabiendo que nadie lo sabe. En una larga lista se enumeran más de cien, pero después su hijo me enseña cajas llenas de manuscritos inéditos. Tal vez él tampoco lo supo, porque lo importante no es contarlos sino verlos todos en su conjunto. Una obra variopinta que aborda distintos géneros. Una obra inmensa que se debe apreciar en su totalidad con todos sus elementos.
En el centro de la biblioteca reposa la máscara mortuoria de José Vasconcelos, fallecido el 30 de junio de 1959. El escultor que la produjo, Salvador Moreno Narváez, se la obsequió a don Óscar. De esta pieza salieron todas las esculturas con el rostro que recordamos de Vasconcelos. El yeso define los ojos cerrados del escritor, su bigote y los labios. Desde ese reposo ha sido testigo de las empresas literarias de don Óscar.
En la biblioteca hay dos escritorios, una mesa con cuatro sillas de metal, una silla giratoria de piel, máquinas de escribir, cinco sombreros que portó, un globo terráqueo y dos atriles para leer libros. También se observan dos bustos de José Vasconcelos, paquetes de revistas de diferentes temas envueltos en plástico y decenas de cajas con periódicos sobre narcotráfico en la frontera desde la década de 1970 hasta pasado el año 2000.
Aparte de la gran cantidad de libros hay muchas fotografías. Guardó imágenes de su familia, de escritores como Eduardo Mellea de quien tomó el nombre para su biblioteca y de él mismo. Conserva recortes de periódicos enmarcados, portadas de sus libros e invitaciones a sus lecturas. La bahía del silencio guarda el sonido de las antiguas máquinas de escribir, el eco de los versos declamados de don Óscar y las charlas con los amigos que la frecuentaban. Conserva el ruido del papel periódico, la voz fúnebre de Vasconcelos y las estaciones de onda corta sintonizadas en un radio que aún se conserva.
En esa biblioteca cuesta arriba, hecha con las mismas manos de don Óscar, no hay bahía ni silencio, sino la materia prima de futuros proyectos literarios, históricos, periodísticos, visuales y turísticos. En su interior se encuentra el universo particular de un hombre barroco que aspiró a ser Balzac pero terminó siendo, por fortuna, él mismo.
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