Uno de los temas sobre los cuales la humanidad ha filosofado y debatido por muchos años es el origen de la vida; las hipótesis que se han gestado alrededor de esta temática han sido diversas, adquiriendo tintes místicos, divinos y/o extraterrestres hasta la sinergia de varios eventos que condujeron a las primeras formas de vida que eventualmente con el tiempo dieron lugar a cada uno de los organismos tal cual como los conocemos hoy en día.
Dentro de las explicaciones que más controversias generó, se encuentra la hipótesis de la abiogénesis o generación espontánea, la cual señalaba que la vida procedía de materia orgánica, inorgánica o combinación de ambas, es decir, que los seres vivos podían aparecer ‘de la nada’ sin la necesidad de la intervención previa de otros; cabe resaltar que esta explicación no fue emitida posterior al seguimiento de lo que hoy se conoce como el método científico, simplemente se basó en la visualización de varios eventos.
Entre los principales partidarios de esta idea, se encontraba Aristóteles quien observaba la aparición de gusanos, insectos y hasta peces como consecuencia del rocío, la humedad o el sudor; de ahí es que surge el término ‘entelequia’, el cual se empleaba para nombrar a la fuerza sobrenatural que tenía la capacidad de dar vida u originarla en aquello que no lo tenía. Esta hipótesis permaneció por varios siglos, hasta que en el siglo XIX y gracias a los avances que se habían hecho hasta la época, fue posible empezar a cuestionarla.
John Needham, un biólogo y sacerdote católico, era otro de los defensores de la generación espontánea y para probarlo llevó a cabo un experimento en el cual hirvió caldos nutritivos para eliminar la posible presencia de organismos preexistentes y los selló (no completamente para permitir el paso del aire) para probar que con el paso del tiempo la aparición de microorganismos era inminente.
Por otra parte, quienes lograron refutar finalmente estas ideas fueron Francesco Redi, Lazzaro Spallanzani y Louis Pasteur (este último fue quien en definitiva dio la estocada final y contundente).
En primer lugar, Redi realizó un experimento en donde contempló tres envases en los que colocó carne fresca; el primero lo dejó destapado, el segundo lo cubrió con gasa y el tercero con pergamino. Al cabo del tiempo, en el primer frasco aparecieron moscas y gusanos, en el segundo se observó la presencia de larvas sobre la gasa, pero no en la carne, mientras que en el que fue tapado con pergamino no se presentó ningún tipo de organismo por lo que dedujo que los seres vivos no aparecen a partir de materia inerte.
Por su parte, Spallanzani replicó el experimento de Needham, sólo que los frascos los selló herméticamente y como resultado no se detectó la presencia de microorganismos; Needham alegaba que esto se debió a que en el aire se encuentra la entelequia y al no permitirle su paso, los microorganismos no se manifestaron. Finalmente, Louis Pasteur ‘tiró por los suelos’ la hipótesis de la generación espontánea al replicar el experimento de Needham, pero modificando la estructura de los frascos que contenían los caldos nutritivos, de tal manera que sí permitían el acceso de aire, pero por su diseño (cuello de cisne), los microorganismos permanecían atrapados en el cuello del envase sin poder acceder al contenido.
Esta aportación de Pasteur deja claro que para que la vida pueda originarse, es necesaria la intervención de otros seres vivos, pero entonces ¿cómo es que se originaron los primeros seres vivos? ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? Las teorías que han pretendido explicarlo, podremos comentarlas el siguiente viernes, no obstante, lo que pretendo resaltar en esta ocasión, es que aun con los avances y limitaciones de las diferentes épocas, el ser humano ha permanecido en la constante búsqueda de respuestas; a veces acierta, en otras aprende y en otras marca el camino para que otros puedan con suerte terminar de descifrar cada dilema.
Buen fin de semana.
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