“Tú mismo me preparas la mesa, a despecho de mis adversarios…”.
Isaías 25,6-10
Filipenses 4,12-14.19-20
Mateo 22,1-14
Mons. Ruy Rendón L.
Los tiempos mesiánicos, es decir, los tiempos en que Dios envía al mundo a su Hijo, el Mesías prometido, son representados frecuentemente en la Biblia con la imagen de un banquete de bodas. La salvación que Dios ofrece a los seres humanos por medio de su Hijo Jesucristo se nos describe, este domingo, con una comida a la que nosotros somos invitados.
Humanamente hablando, la mesa se comparte con los familiares, con los amigos, con personas que representan algo para nosotros. Y es, en torno a una comida, donde las preocupaciones, problemas o incluso los distanciamientos tienden a superarse, ya que el ambiente fraterno que suele reinar entre los comensales nos hace olvidar o al menos nos ayuda a colocar en un segundo plano, las pequeñas o grandes diferencias existentes.
El texto de Isaías nos recuerda las grandes aflicciones que los seres humanos, de todos los tiempos, experimentamos constantemente: enfermedades, violencia, hambre, accidentes, muerte de seres queridos, injusticias. El Señor nos dice que todo esto desaparecerá, que él mismo nos preparará “un festín con platillos suculentos”, que él “destruirá la muerte para siempre; y enjugará las lágrimas de todos los rostros”. Estas palabras nos hacen concluir que, tarde o temprano, el mal desaparecerá totalmente de la faz de la tierra. Y que, si bien es cierto, en el presente sufrimos a consecuencia del mal, la última palabra de Dios es su bondad y su misericordia.
A nosotros, como bautizados, nos toca corresponder a su amor salvífico. Qué importante es, por ello, la disposición para aprovechar plenamente los dones de la salvación que Cristo nos ha regalado y que nos ofrece, a la manera de exquisitos platillos colocados en la mesa de una fiesta de bodas, para que nosotros los comamos y nos saciemos de ellos. Ejemplos de estos alimentos son: su Palabra y los sacramentos que nutren nuestra vida interior.
San Pablo, por otra parte, nos insiste en que, teniendo al Señor Jesús con nosotros, todo lo podemos: “Todo lo puedo unido a aquel que me da fuerza”. En este sentido, la pobreza, el hambre, la enfermedad, la muerte de familiares, la escasez de recursos y demás pruebas por las que pasemos en esta vida, son fácilmente superables si estamos unidos a él que nos fortalece.
Pidamos al Señor en la eucaristía de este domingo que, estos dos preciosos alimentos que él nos regala, su Palabra y la Sagrada Comunión, nos hagan valorar más este banquete pascual y anhelar, así, vivir en la casa del Señor por años sin término. Así sea.
¡Que tengan un excelente domingo!
Lea el artículo completo aquí.



