Glauber Rocha, célebre director de cine brasileño, se convirtió en referente latinoamericano gracias a su máxima “toda película es un acto político”. Esto es cierto. Sin embargo, puede provocar una polarización entre los atributos artísticos de una producción y su agenda particular.
Así, Sonido de Libertad (Alejandro Monteverde, 2023) cumple al exhibir un doloroso crimen de lesa humanidad: la explotación sexual de niños para satisfacer el cruel apetito de la pederastia, pero tropieza al proponerse demasiadas cuotas narrativas para las cuales dos horas de proyección no son suficientes.
A menos que produzcamos una teleserie. O, mejor aún, un documental.
Sonido de Libertad es el relato de Tim Ballard (Jim Caviezel), ex agente de Seguridad Nacional de Estados Unidos que, abrumado por el aumento de casos de pedofilia y servicios de prostitución infantil y tocado por el drama de Rocío (Cristal Aparicio) y Miguel (Lucas Ávila), dos pequeños hermanos secuestrados en Honduras y ofrecidos en línea, decide renunciar a las garantías de su empleo para emprender una cruzada en solitario que buscar desmantelar esa red de prostitución infantil cuyo centro de operaciones se encuentra en Colombia.
Claro, en el camino encontrará aliados casi providenciales: El Vampiro (Bill Camp), personaje que compra niños para darles su libertad, Jorge (Javier Godino), comandante colombiano y Pablo (Eduardo Verástegui), millonario dispuesto dar a su fortuna un uso más allá de la filantropía; en las antípodas, los vilanos: Katy (Jessica Borroto), ex reina de belleza y ahora líder en el reclutamiento de víctimas, El Calacas (Gustavo Sánchez) y Fuego (Manny Pérez), violento y peligroso abogado de los tratantes.
Sonido de Libertad no es un thriller. Tampoco es melodrama. Mucho menos es documental. Toma un poco de cada género en una mezcla que va por el público con el urgente propósito de que se dimensione la magnitud del problema que esta cinta ha puesto en pantalla.
Y es aquí donde el activismo de Sonido de Libertad termina por perjudicar sus buenas intenciones. Es imposible abordar un asunto tan sórdido como una simple lucha del bien contra el mal. Los villanos, ¿de dónde obtienen impunidad? Y los héroes, ¿sólo tienen como motivación el reiterativo mantra “qué harías si se tratara de una hija o un hijo tuyo”?
Además, Sonido de Libertad pierde demasiado tiempo en diálogos explicativos que rozan el panfleto. Falta audacia, sobre autocensura. Quizás podremos considerar un gran logro haber tratado un tema delicado, sucio y abominable con tal cuidado que, al final nadie, absolutamente nadie, resulta siquiera ofendido.
La determinación de Ballard llevará al héroe a adentrarse en territorio de la guerrilla colombiana a través del cauce de un río. Esta secuencia, así como la de una ingeniosa trampa para capturar a los tratantes, pudieron haberse realizado de mucha mejor manera.
Pero no fue así. Sin mayores deseos de explorar con rigor el problema todo queda en buenas intenciones.
Qué leer antes o después de la función
“El Corazón de las Tinieblas”, de Joseph Conrad. Marlow, agente comercial británico, se ve obligado a remontar el Río Congo en busca de su compañero Kurtz. A medida que el barco avance por territorios cada vez más inhóspitos, Marlow se irá construyendo una imagen mitificada de Kurtz. En realidad, encontrará un mundo apocalíptico y tenebroso, gobernado por un cínico que simboliza la degradación moral y las contradicciones de un hombre ante la fuerza indómita de la naturaleza.
Lea el artículo completo aquí.



