“El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo…”.
El domingo pasado iniciamos la lectura y reflexión del capítulo 13 del evangelio de san Mateo. En este capítulo encontramos varias parábolas acerca del Reino de los cielos; Reino que Jesús asemeja con otras tantas realidades de su tiempo: la siembra, el comercio, la pesca, el hogar. Hoy, por ejemplo, se nos proponen tres parábolas: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza, y la levadura mezclada con la harina.
La parábola del trigo y la cizaña nos ayuda a entender el porqué en el mundo, en nuestra sociedad, en nuestra Iglesia, en nuestras comunidades, en nuestras familias, coexisten el bien y el mal. Ciertamente Dios ha sembrado en el mundo buena semilla, sin embargo, el Maligno ha esparcido la semilla de la cizaña que, al crecer, se entremezcla con el trigo, creando ambientes que destruyen a las personas, familias y comunidades enteras.
Esta parábola nos ayuda, además, a comprender el misterio del Reino de Dios y a no escandalizarnos, hipócritamente, cuando palpamos el mal que existe a nuestro alrededor. En efecto, Dios es paciente, da tiempo para el fortalecimiento del bien en la tierra y, a la vez, para que el mal, presente en muchos corazones, pueda ser desechado con voluntad y colaboración de todos nosotros.
El texto de la primera lectura ilumina perfectamente el proceder de Dios ante esta situación de la presencia del pecado que nos desconcierta y nos aflige sobremanera: “Con todo esto has enseñado a tu pueblo que el justo debe ser humano, y has llenado a tus hijos de una dulce esperanza, ya que al pecador le das tiempo para que se arrepienta”.
La parábola del grano de mostaza nos enseña cómo el inicio de las grandes obras en la Iglesia, por ejemplo, el inicio del camino a la santidad, el arranque de un proyecto o el comienzo de una nueva comunidad, suelen ser inicios pobres, pequeños, humildes. Nuestra Iglesia Católica así comenzó, con un puñado de hombres rudos, sencillos, humildes, y al paso del tiempo, contando con el acompañamiento de su fundador (Cf. Mt 28,20), sigue adelante, fortalecida como un gran árbol donde anidan las aves del cielo.
La parábola de la levadura expresa, sin duda, la fuerza del bien que hace fermentar la masa. Esta parábola nos debe llenar de esperanza y nos debe mover a la acción; es decir, educando para el bien y actuando siempre con los criterios del Evangelio (paz, amor, justicia, verdad, perdón, misericordia, vida y gracia), transformaremos, tarde o temprano, los ambientes egoístas y llenos de maldad que destruyen personas, familias y comunidades enteras.
Pidamos al Señor, en la eucaristía dominical, que nos sostenga la fuerza y la paciencia de su amor, para que la buena semilla fructifique en nosotros y la levadura del bien transforme nuestros ambientes sociales. Así sea.
¡Que tengan un excelente domingo!
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