Nunca he sido tan sensible y vulnerable como cuando entrego todo mi ser a servir, para acompañar al otro.
La tarde llegaba con el calor y la humedad propios del verano. Estaba preparado para recibir a Emma, quien “lucha” contra su sobrepeso y, por ende, con las consecuencias físicas y emocionales de este “padecimiento”. Llegó puntualmente, se veía fresca, perfumada y con el arreglo personal justo para la temporada.
De nuevo solicita acompañamiento en el proceso tan difícil de “enfrentarse a sí misma”, a esa imagen que le desagrada y no acepta, pero cae derrotada ante el embate de la obesidad. Se percata del dolor profundo que lleva dentro, y de su incapacidad para cesar los “atracones” de comida rica en carbohidratos, como pastelillos y pan dulce.
“No me gusta mi imagen; no acepto este sobrepeso. De verdad lucho por contenerme de comer así como lo hago, no puedo más”, entre otras, fueron frases recurrentes durante la sesión. Advierto su dolor, sobre todo el rechazo abierto y franco de su pareja, que es consecuencia de su condición. Su cuerpo se convierte en una capa que protege su corazón; se siente aislada, alejada y deprimida, y así evita enfrentar un dolor terrible.
Las sensaciones que emite nuestro cuerpo son avisos o alertas, que debemos atender para lograr equilibrio y bienestar. Por lo tanto, es preciso observar nuestra relación emocional con la comida, y preguntarnos ¿cómo manejamos los sentimientos? En ocasiones no es lo que sentimos en sí, sino lo que hacemos para no sentir. Los sentimientos no son buenos ni malos, cada uno los etiqueta según la experiencia vivida, y cree que desaparecerán si los evita o desconoce. Lo cierto es que emergerán en cualquier momento, y necesitamos aprender a expresarlos. Hay que estar alerta a los atracones de la comida preferida, para sortear la ansiedad o desasosiego que vivimos.
Algunos son sensibles a ciertas experiencias que conducen a negar, evitar o bloquear los sentimientos. Entre más sensibles y honestos seamos con lo que experimentamos (sentimos), aumentarán nuestras probabilidades de crecimiento y desarrollo orientadas al bienestar integral. Si atendemos nuestras emociones y sentimientos podremos establecer límites, para alejarnos y protegernos de lo que nos haga daño. También necesitamos crear y/o fomentar relaciones más nutricias, armoniosas y significativas, para motivarnos a realizar actividades que cuiden y fortalezcan nuestro cuerpo.
Hay que preguntarnos ¿qué me dice mi cuerpo?, y escucharlo. El entorno está mostrándonos estímulos altamente ricos, relativos a la comida y sus efectos de placer asegurados. Por ello te invito a revisar cómo está tu cuerpo, qué sientes en ese momento. Existen alternativas naturales y artificiales para reducir el peso corporal. Todas nos permitirán lograr avances, sin embargo, lo más significativo es el lenguaje corporal: ¿qué dice mi cuerpo de mí?; ¿atiendo los síntomas de forma rápida y expedita?; ¿cuido mi alimentación y descanso?; ¿lo ejercito frecuentemente?; ¿soy consciente de mis síntomas y los atiendo en cuanto aparecen?; ¿estoy centrado en la belleza exterior de mi cuerpo o en su salud?
Rudiger Dahlke y Thorwald Dethlefsen señalan: “En el síntoma, el ser humano tiene aquello que le falta en la conciencia, todo síntoma tiene un contenido psíquico que se manifiesta a través del cuerpo”. Tengo claro lo que vive y experimenta Emma, porque conozco el proceso personalmente. Estoy trabajando en ello, y no hay caminos fáciles ni recetas infalibles.
Escucha con atribución a tu cuerpo, atiende sus alertas, y diseña un plan de acción con estrategias y tácticas claras para ti. Sugiero llevar un diario de lo que comes, si estás solo/a, el sentimiento que te acompaña, el tipo de comida que utilizas, ejercicio básico (app 7 minutos). Encuentra la motivación para cuidar y proteger a tu cuerpo. Anota esas reflexiones y lo que sentiste durante ese registro, sé lo más específico posible. Recuerda recibir el apoyo médico, nutricional y de un guía en la actividad física. Luego comparto lo sucedido con Emma, quien ahora atiende a su cuerpo.
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