Dios nos propone este domingo, en su Palabra, dos virtudes fundamentales que los seres humanos debemos poseer para poder conocerlo y amarlo de verdad. Se trata de la humildad y la sencillez, virtudes estrechamente vinculadas, que se hacen presentes de forma muy clara en la vida de los discípulos de Jesús, y que nos ayudan a conocer y a amar a Dios sobre todas las cosas.
El profeta Zacarías describe, bellamente, a un rey misterioso que viene a su pueblo para implantar la armonía, la paz y la felicidad. Pero lo más curioso es que tal rey no llega con poder, con ejércitos, con armas, con tanques de guerra, sino, más bien, arriba a Jerusalén: “humilde y montado en un burrito”; dándonos a entender que la armonía, la paz y la felicidad, no se logran con la prepotencia, sino con acciones que brotan de la sencillez y la humildad.
Sabemos perfectamente que la profecía de Zacarías se cumple en la persona de Jesucristo, el Hijo de Dios, el cual siendo de condición divina, se humilló haciéndose hombre y siendo obediente aceptó la muerte de cruz (Cf. Filipenses 2,5-11). Hoy, por ejemplo, en el evangelio de san Mateo, nuestro Señor dirige una maravillosa oración a su Padre Dios: “¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien”.
Estas palabras de Jesús nos hacen concluir que, para conocer a Dios, debemos quitar de nuestro corazón la soberbia, el orgullo y la arrogancia, que muchas veces se expresan en aceptar o creer sólo aquello que la razón, la ciencia o los sentidos pueden demostrar. Qué injusto sería Dios si él usara sólo esos caminos para darse a conocer; estarían privados de conocerlo quienes no tuvieran gran capacidad intelectual o tuvieran atrofiados sus sentidos. A Dios, hermanos y hermanas, se le conoce cuando erradicamos la soberbia, la autosuficiencia y la vanagloria de nuestro corazón; y con humildad y sencillez nos dejamos tocar por el Señor, presente en su Palabra hecha oración, en los sacramentos recibidos con devoción, y en el prójimo ayudado por nuestra caridad.
Por otra parte, Jesús, al final del evangelio de este domingo, nos invita a acercarnos a él: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio… aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón…”. Tantas y tantas personas experimentan, hoy en día, la fatiga y el agobio a consecuencia de la enfermedad, la pobreza, la inseguridad o la violencia que imperan en nuestros pueblos y ciudades; cuántos de nosotros no estamos sufriendo en carne propia alguna situación dolorosa. Hoy el Señor nos invita a acercarnos a él, ya que Él ES NUESTRA PAZ y NUESTRO DESCANSO. Tengamos confianza de que, en Él, encontraremos esa paz y ese descanso que tanto necesitamos en estos tiempos difíciles que nos ha tocado vivir.
Pidamos a Dios nuestro Padre, en la eucaristía dominical, nos dé un corazón humilde y sencillo como el de su Hijo Jesucristo, para así poder conocerlo y amarlo de verdad. Así sea.
¡Que tengan un excelente domingo!
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