Durante tres domingos hemos estado leyendo y meditando el capítulo 10 del evangelio de San Mateo. Hace quince días el Señor nos invitó a orar por las vocaciones en la Iglesia; y al enviar a la misión a los Doce apóstoles, les dio instrucciones acerca de lo que debían predicar y realizar. El domingo pasado el Señor nos insistió en que esta misión no es fácil ya que no es ajena a la persecución y a la crítica; por eso, con las palabras “no tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”, él nos dio seguridad, fortaleza y confianza como discípulos misioneros.
Ahora, en este domingo, la palabra de Dios ofrece a nuestra reflexión dos aspectos importantes de la vida y ministerio de quienes sirven a Dios en la Iglesia. Por una parte, está la espiritualidad o mística que debe caracterizar a todo servidor, y, por otra parte, la recompensa que Dios concede a toda aquella persona que recibe con buena actitud a los enviados del Señor.
La primera lectura narra parte del ministerio del profeta Eliseo, hombre de Dios, muy querido y apreciado por el Pueblo de Israel. En una ocasión, nos dice el texto bíblico, un matrimonio sin hijos de la ciudad de Sunem recibió en su casa al profeta y le brindó una extraordinaria hospitalidad. Dios que no se deja ganar en generosidad, al final de la lectura, en boca de Eliseo, le hace una maravillosa promesa a la mujer: “El año que viene, por estas mismas fechas, tendrás un hijo en tus brazos”.
En el evangelio, nuestro Señor nos exhorta a ser servidores que poseamos tres cualidades fundamentales para realizar eficazmente nuestro trabajo como discípulos misioneros. En primer lugar, nos pide que seamos desprendidos de las personas: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí…; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí…”. En segundo lugar, que seamos hombres y mujeres de profunda vida ascética: “el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Y, en tercer lugar, que seamos generosos en la entrega, dispuestos a dar la vida por el Señor: “El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará”.
El evangelio concluye destacando, en boca de Jesús, la generosidad de Dios para con todas aquellas personas que, con fe, esperanza y caridad, reciben en su corazón a los discípulos misioneros que, en la Iglesia, colaboran en la construcción del Reino en diferentes tareas, actividades y ministerios: “Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado… yo les aseguro que no perderá su recompensa”.
Le pedimos a Dios nuestro Señor en la eucaristía de este domingo, que nos conceda a cada uno de nosotros, discípulos misioneros, un auténtico desprendimiento de las personas, una profunda vida ascética, y una gran generosidad en el servicio a los demás. Así sea.
¡Que tengan un excelente domingo!
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